Respeto para el jardinillo de San Francisco
Durante el último decenio del siglo XIX, en consonancia con las corrientes higienistas y el carácter renovador propios de esa época, se urbanizó el antiguo Campo de San Francisco con la construcción del Palacio provincial y el diseño de un pequeño jardín triangular, concebido para articular la intersección entre las calles Aguirre y Carretería, conocido actualmente como Jardín de la Hispanidad.
Dentro del actual proyecto de reurbanización de Carretería, se incluye la remodelación de dicho jardín, que consistirá, fundamentalmente, en el desmantelamiento de la reja histórica que lo delimita y la apertura de caminos internos a modo de atajos que fragmentan su morfología actual. Según la memoria del proyecto, estas actuaciones persiguen «eliminar la imagen de rotonda o cruce viario para convertirlo en una zona de disfrute vecinal, más allá de su aspecto ornamental».
El cerramiento modernista que se pretende suprimir, constituye, junto al Monumento a los soldados de la Provincia de Cuenca que murieron en África, el elemento identitario más relevante del jardín. Sin embargo y a pesar de ser el ejemplar más valioso de su tipología existente en la Ciudad Baja, adolece de una figura de protección patrimonial específica en el planeamiento urbanístico local, que garantice su salvaguarda de forma vinculante.
Mi abuelo Nicasio Guardia, ingeniero de montes y vecino del centro, defendió de manera incansable hasta sus últimos años de vida, la necesidad de salvaguardar este jardín, al que definía técnicamente como un «arboreto», debido a la singularidad de los ejemplares botánicos que en él se conservan: dos cedros que posiblemente son los árboles más longevos de la ciudad, un magnífico ejemplar de Photinia, tres palmeras que le confieren un carácter mediterráneo y evocan la tradición paisajística de levante, una Picea excelsa que sobrepasa a los demás en altura y dos pinos negrales plantados en 1926, coincidiendo con la inauguración del conjunto escultórico y que llenos de vigor, parecen dispuestos a vivir cientos de años, si no se sacrifican sus raíces en aras de una mal entendida modernización.
Parece indudable que el buen estado de conservación del jardín y del Monumento, obra del insigne escultor Marco Pérez, pasados más de cien años, debe atribuirse a la reja protectora que lo rodea, por lo que su eliminación y la conversión del jardín en un lugar de tránsito peatonal comprometerían severamente la integridad del monumento y la subsistencia del arbolado interior.
El concepto de Bien Patrimonial ha experimentado una evolución conceptual paradigmática desde los inicios del siglo XX, pasando de una tutela restrictiva —centrada exclusivamente en grandes arquitecturas: castillos, palacios, catedrales o monumentos de autor— hacia una concepción democrática e integradora del patrimonio. Hoy en día, la ciudadanía tenemos el derecho y el deber de reivindicar el valor de pequeñas construcciones y elementos de acompañamiento de menor escala, que integrados en la memoria colectiva y en el paisaje cultural de la ciudad, merecen el mismo respeto y derecho de conservación.
Por todo ello, como vecino del centro, solicito al Ayuntamiento de Cuenca que tome las medidas necesarias para la protección y el cuidado de la verja original del jardín, que debería ser objeto de una rigurosa restauración que contemple: la reposición de los elementos perdidos, la reparación de sus tres puertas, que en origen le daban acceso por el centro de cada uno de sus lados, y la pintura de todo su volumen recuperando su color verde de origen para protegerla del óxido.
La descontextualización o pérdida irreversible de este cerramiento, testimonio material de una época, engrosaría la interminable lista de desafortunadas pérdidas patrimoniales en el centro de Cuenca que parece abocado a perder cualquier resquicio de identidad.