No son gigantes
La Fiscalía pide el cierre del club Los Molinos, en El Provencio, por trata y prostitución. Más allá del chascarrillo fácil y la infinidad de anécdotas de poca gracia real que nos deja esta casa de lenocinio, la noticia nos pone frente a los dobleces de nuestra sociedad. A estas alturas de la vida, no creo que nadie de la zona dudase de lo que sucedía en el club, popularmente llamado puticlub, Los Molinos. Pero claro, por otro lado, si no sabemos quién es M. Rajoy, como para saber que en un puticlub se puede encontrar prostitución. Y ya me sé la cosa de que es alegal. Y es que aquí es donde aparece el tan manido y prostituido argumento de la libertad, que nos hace acabar leyendo en manifestaciones antiabolicionistas pancartas como «Abolicionismo es putofobia» o «Vender sexo no son cosas del demonio». Y, en medio de esto, aparece la industria del porno, más amateurizada, precarizada y extendida que nunca, para aportar su granito de arena. Muchos de estos, de los que ganan pasta, como los youtubers, también se van al extranjero y tienen ideología. Y, como en todo, y buenos barrocos que somos, aparecen los eufemismos para evitar nombrar al referente mediante su significante habitual; pero no con metáforas brillantes, sino con extranjerismos cutres. Y ya no se dice puta, ramera, hetaira o meretriz, sino «scort». Quizás es el momento de remangarse, meterse en camisas de once varas, perder votos y ver, realmente, como sociedad, qué queremos hacer con esto, en lugar de mirar para otro lado.