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A ver si por fin...

No va a ser la primera vez –aunque cierto es también que llevaba ya bastante tiempo sin hacerlo– que, invistiéndome de portavoz aunque desde luego modesto de, creo, un sentir bastante generalizado en el espacio cultural conquense, me he hecho eco de la necesidad de sacar a la luz y por tanto poner a disposición de nuestra ciudadanía los fondos artísticos almacenadas en el Museo de Cuenca, unos fondos que salvo tal cual aparición puntual y siempre parcial en alguna muestra aislada no han estado realmente nunca ese su alcance público por mera imposibilidad de su exhibición en el propio edificio sede de la institución y porque nunca se ha planteado seriamente –es decir con un acuerdo al respecto de las instituciones plasmado en un proyecto y por supuesto aún menos con presupuesto para su realización– darle solución al problema.

Por ello bienvenida sea la invitación realizada por el vicepresidente autonómico –en el curso del reciente acto de entrega de las Medallas Ciudad de Patrimonio al Museo de Arte Abstracto y al crítico y estudioso del arte Alfonso de la Torre – al resto de las administraciones y a las entidades relacionadas con ese nuestro señalado mundo de la cultura para conformar un grupo de trabajo que diseñe el que, si se cumplen el propósito y sus objetivos, sería el futuro Museo de Bellas Artes de Cuenca, un museo en el que bien podrían tener por fin el destino que merecen esas obras plásticas que hoy duermen el sueño de lo injusto en las dependencias del edificio de Obispo Valero junto a otras firmadas por tantos artistas de la tierra o en nuestros lares asentados posteriores a la apertura de la mencionada Colección de Arte Abstracto y en buena medida por esa su apertura propiciados, y las que de aquí en adelante se puedan seguir originando en una ciudad y una provincia con un ambiente ya en su haber tan propicio, incluyendo, favorable añadido más, las presencias de la Facultad de Bellas Artes y la Escuela de Arte Cruz Novillo.

Un museo que, dado que sería de nueva planta y diseño podría configurarse –déjenme que sueñe– con los estándares que hoy por hoy, a estas alturas del siglo XXI, deben tener estas instituciones para poder cumplir su objetivo de ser significativas en la sociedad, es decir, para los ciudadanos a quienes representan y sirven, consiguiendo estimular la contemplación, la curiosidad y la creatividad de la ciudadanía mediante la adopción de un compromiso que –como bien señalara Isabel María García Fernández–  “contemple y trate de armonizar los intereses y necesidades de los individuos y la sociedad con el contexto en el que se desarrolla; es decir, ponerse a su servicio”,  por ejemplo, añadía, entre otras acciones, mediante su apoyo a los propios artistas. Y aparte de ello –ya saben, lo del atún y el duque– también sería ocasión pintiparada para que se acometiera en paralelo la ampliación y modernización del propio Museo de Cuenca y la musealización de su realmente importante colección arqueológica con unos parámetros expositivos a la altura de esa su valía y de esas señaladas funciones que en este nuestro momento histórico deben cumplir estas instituciones.