La Mancha Alta: El lienzo que nunca descansa
Tengo un muy buen amigo que sostiene, con la convicción de quien ha pateado mucho rastrojo, que el paisaje de nuestra Mancha Alta Conquense es superior al de Asturias. Su argumento es sólido como un terrón: mientras el norte es un monólogo de verde perpetuo, nuestra tierra es una coreografía cromática que cambia con el calendario. Hay que saber mirar este lienzo vivo que transita del verde eléctrico del cereal joven al ocre austero del otoño, salpicado por cientos de especies florales con su sinfonía de colores temporales. No es un paisaje estático; es una lección de botánica y resistencia que se reinventa.
Esa metamorfosis de la que habla mi amigo tiene su primer acto, casi siempre precipitado bajo la escarcha de febrero, en la flor del almendro. Éste se atreve a estallar en un blanco rosáceo con una urgencia casi caprichosa, pero de pura supervivencia: sus flores brotan antes que sus hojas y al florecer sobre la madera desnuda, sin el estorbo del follaje, el árbol se asegura que el viento transporte el polen sin obstáculos. Es un órdago a la vida: prefiere arriesgarse a una helada tardía con tal de ser el primero en asegurar su descendencia.
La primavera en la Mancha Alta es un grito cromático que inunda cunetas, barbechos y zopeteros. Tras el alborrosado virginal del almendro, la tierra se entrega a una jerarquía de colores que parece dictada por un pintor caprichoso. Primero llega el lila del cardo borriquero y a la vez el amarillo vibrante de los espárragos de liria, que alfombran los campos con insolencia (curiosamente, junto a las collejas, alimentos de antigua subsistencia y hoy joyas gastronómicas). Luego, casi sin aviso, el rojo sangrante de las amapolas rompe la monotonía del cereal, recordándonos que la belleza también puede ser silvestre y efímera. Y allí donde el suelo parece más ingrato, asoman los añiles de los candiles, amarillos de aliagas y motas de colores fríos de tomillos, romeros y, más modestamente, sangre de cristo que equilibran el paisaje. Es una competición por la atención del polinizador que convierte nuestra comarca en un caleidoscopio.
Sin embargo, el verdadero espectáculo coreográfico lo protagonizan nuestros cultivos, que mudan de piel a la vista de todos. El verde vivo del cereal tras las primeras lluvias primaverales, se rinde poco a poco al calor hasta transformarse en un amarillo oro que cruje bajo el sol de junio; es el color de la madurez y del pan venidero. Y cuando el trigo y la cebada ya son solo rastrojo, toma el relevo el verde rotundo del mirasol. Sus flores amarillas, que escoltan las carreteras buscando siempre la mirada del sol, acaban claudicando ante el peso de su propia semilla. Ese amarillo vibrante se torna entonces en un marrón sobrio, casi quemado, que marca el pulso del final del verano. Es una paleta que no conoce el reposo: del esmeralda al dorado y después al siena.
Aunque si hay un símbolo que cohesiona este mapa de colores cambiantes, es la encina. Mientras el almendro se arriesga, la encina resiste. Es nuestro árbol señorial, una arquitectura de madera centenaria que se alza en mitad de la llanura o en las laderas de nuestros cerros con una dignidad que a menudo ignoramos. La tratamos como parte del mobiliario del campo, como una sombra más, pero cada carrasca de la Mancha Alta es un monumento a la paciencia. Autóctona y austera, ha aprendido a beber del aire y a hundir sus raíces en la caliza para sobrevivir a veranos que funden el plomo. Es el esqueleto de nuestro paisaje: un refugio verde oscuro que no entiende de modas ni de estaciones, recordándonos que, bajo la pirotecnia estacional, existe una raíz profunda y antigua que nos define como pueblo.
Otros árboles engalanan a su manera la panorámica de nuestra comarca: el perenne pino, plantado en el último tercio del siglo pasado, el resistente y productivo pistachero, de este siglo y, cómo no, otro ancestro rural, el emblemático olivo. Mención especial para éste, pues ha sido cultivo centenario que nos dio y nos sigue dando trabajo, leña y aceite.
El ciclo se agota y el invierno impone su tregua de frío. Es entonces cuando el paisaje parece languidecer, perdiendo su brillo en una paleta de grises y pardos que domina el horizonte. La tierra descansa, despojada de la vistosidad del cereal y del oro del girasol. En este vacío aparente, son las manchas oscuras y perennes de las encinas y olivos las que guardan la promesa del renacer; un recordatorio silencioso de que, bajo la escarcha, la vida solo está tomando impulso. Porque en nuestra comarca, el invierno no es un final, sino el lienzo en blanco necesario para que la primavera vuelva a estallar en colores y le dé, una vez más, toda la razón a mi buen amigo.