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¿Por qué La Mancha habitada tiene nombre de mujer?

Este último domingo navegaba por internet como Borbón estival en el Mediterráneo, aunque en zona recia manchega, y se me ocurrió teclear en el todopoderoso Google: “mujeres y hombres ilustres de Villarejo de Fuentes”. Para mi sorpresa, la IA, que ya se merienda al famoso buscador, me espetó: María, de Villarejo De Fuentes, una mujer referente de uno de nuestros pueblos todavía habitados. Aquella respuesta despertó mi curiosidad y puse rumbo a la entrada en el blog Naturaleza urbana en sociedad de Inma Gascón, con fecha de 8 de marzo de 2023. Por favor, léanla: es el testimonio de cómo la relevancia de una persona no se mide por títulos, sino por su lucha en la vida que deja huella en su tierra. La inteligencia artificial lo ha entendido antes que muchos despachos: si esta tierra sigue viva, es porque tiene referentes con nombre femenino.

Aquí, donde la riqueza no se cuantifica en hitos paisajísticos ni en lujos visuales, la verdadera virtud reside en la recuperación de la escala humana. Es la paz de saberse dueño de tus horas y de la vecindad que aún teje una red de seguridad real frente al anonimato urbano. Es una soberanía que se escribe, fundamentalmente, en femenino.

Esta red es el colchón social que ofrecen las mujeres en nuestros pueblos, una infraestructura invisible pero más resistente que el hormigón. Como recordamos cada 8 de marzo, ellas son las que sujetan los pilares de esta Mancha habitada con la grandeza de la humildad que han llevado consigo toda la vida como personas y como vecinas. No son solo nombres en una estadística de población; son las manos que sostienen el cuidado, la cultura y la permanencia. Sin ellas, el territorio no sería más que paisaje; con ellas, es hogar.

Esa empatía se manifiesta con una fuerza conmovedora en la viudedad, ese estado donde la comunidad sustituye a la ausencia. La hermandad de luto y vida que en los últimos meses se ha engrosado con nombres propios como los de Ángeles, Carmen, Adora, Eufemia, Mari y Felisa es la prueba de que el pueblo es un organismo auténtico. Son mujeres cuyos hijos, empujados por el signo de los tiempos, emigraron hace años y hoy habitan otras geografías, regresando siempre que pueden como barcos que buscan su puerto. Pero en el día a día, en ese silencio de las casas que solo rompen las visitas puntuales, es la complicidad de las vecinas la que sostiene el cotidiano. Es este pacto no escrito el que permite que nuestras mayores sigan siendo dueñas de su destino en sus propias casas, arropadas por un apoyo femenino que suple ausencias y que ninguna política pública ha logrado replicar con éxito.

En definitiva, las bondades sociales que ofrece un pueblo como el mío trascienden lo que cualquier indicador económico pueda medir. Aquí, la seguridad no depende de cámaras, sino de miradas que se reconocen y se cuidan. Es el triunfo de lo colectivo sobre el individualismo feroz; es la certeza de que, frente a la prisa y el desapego de la modernidad, aún existen refugios donde el ser humano es el centro. Proteger este modo de vida, reconocer a sus "Marías" y respetar sus tiempos no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de justicia.

Si nos preguntamos por qué La Mancha habitada tiene nombre de mujer, la respuesta está en cada puerta abierta y en cada red de cuidados: porque ellas son las únicas que han sabido guardar las llaves de nuestro presente y futuro más humano.