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Casi cincuenta y siete años después

“Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad”…Va para cincuenta y siete años que a las dos y cincuenta y seis segundos, hora internacional UTC, las cuatro cincuenta y seis en nuestro país, del 21 de julio del año 1969 quien esto firma –los veintiún cumplidos– asistía, pantalla televisiva de por medio, en la pequeña casita de la madrileña localidad de Miraflores de la Sierra que mis padres habían alquilado para pasar unos días de vacaciones, con la voz y el personalísimo tono del por aquella época superconocido locutor Jesús Hermida narrándonoslo en nuestro idioma, al primer contacto de uno de nosotros –así lo sentíamos, que quieren que les diga, en aquel entonces, uno de nosotros– al contacto del pie del astronauta estadounidense Neil Armstrong con la superficie lunar. Con esos casi cincuenta y siete años a la vista, contemplaba ayer jueves, a las cero y treinta y cinco, de nuevo a través de la pequeña pantalla pero ahora a todo color en vez del blanco y negro de aquellos días, el inicio de la misión Artemis 2 con el lanzamiento desde Cabo Cañaveral del cohete propulsor de la cápsula Orion con la que el ser humano va a volver a acercarse a nuestro satélite tras que en 1972, con el Apolo XIII, pisara por última vez su suelo. Cual pasaba en aquellos años mucho ha jugado para que volvamos a aproximarnos a ello la competición entre potencias –si entonces de los Estados Unidos con la Unión Soviética, en los actuales momentos con China– en un contexto con más paralelismos aún, que si en aquel ayer los norteamericanos andaban metidos de lleno en el fregado de la Guerra de Vietnam, hoy el por tantos aspectos tan peligroso matón de la Casa Blanca les ha metido y al hacerlo, peor por tanto que entonces, nos ha involucrado también a todos, al mismísimo entero universo mundo, en un derrotero de indeseables consecuencias. Pese a ello debo confesarles que en esos minutos de ayer ante el televisor de la casi todavía medianoche, volví a sentir una punzada de aquella sensación de horizonte al alcance que tanto tiempo atrás me embargara al contemplar el pie de Armstrong no sé si decir hollando o, en cierto modo, besando la superficie lunar. Sé que, tras tanto recorrido sufrido y tantas constataciones sucesivas de la estupidez de nuestra especie, resultó entre ingenuo y utópico el sentimiento pero, qué caramba, de alguna manera déjenme que confíe en que aunque sea a trancas y barrancas podamos levantar, al menos un poquillo, nuestra grupal cabeza; déjenme que confíe en que –aunque apenas dos horas y pico después del lanzamiento el loco del cada vez menos azanahoriado cabello saltara a la palestra para no decir nada nuevo ni consolador sobre sus malandanzas en Oriente Medio y seguir demostrándonos que no es que tropecemos dos veces sino un millón con la misma piedra– alguna cosa, aunque sea de tarde en tarde, somos capaces de hacer bien y terminaremos siendo capaces de enderezar, un pelín al menos, nuestros tan errados caminos y transformar en algo mejor nuestro cada vez más distópico presente, apañándonos un futuro menos negro y desastroso que el que nos hemos, que el que, ¡ay!, nos estamos dando.