Una joya a mimar
Demasiado olvidada en la oferta turística más al uso la Iglesia de la Virgen de la Luz –Iglesia de la Virgen de la Luz y San Antón por nombre completo– es sin embargo una de las joyas del patrimonio urbanístico de nuestra capital provincial. Hito básico en la evolución de la arquitectura conquense, el templo, como resultado de la decisiva intervención en el siglo XVIII de José Martín de Aldehuela, introdujo en el ámbito urbano conquense, en palabras de su probablemente mayor conocedor actual y desde luego el principal valedor de su importancia histórica y arquitectónica, el historiador del Arte Pedro Miguel Ibáñez, introdujo en su ámbito urbano “el barroco europeo más radical y creativo” conformando un edificio cuya existencia prueba –por seguir aprovechándome de las consideraciones de Ibáñez– lo erróneo del tan utilizado tópico de que Cuenca, dejando aparte la catedral, carece de monumentos individualizados. Su condición de verdadera joya reclama una atención que por cierto, dando un paso más, bien podría propiciar, en un acercamiento mayor a la validez arquitectónica de la ciudad, un itinerario que teniéndola como principal referente acercara a nuestros visitantes al conjunto de iglesias creado por Aldehuela ampliando así para nuestros visitantes más interesados en temas artísticos las habituales rutas de la citada oferta turística conquense. Traigo hoy estas consideraciones a este mi semanal comentario al hilo del reciente anuncio de que en el edificio, cuya conservación había venido reclamando más que necesarias intervenciones –y tras que el apoyo económico del Consorcio de la Ciudad haya posibilitado una primera intervención para su consolidación y mejora estructural encaminada a principalmente a reparar cubiertas, restaurar fachadas y actuar sobre las grietas interiores que desde hace años constituían el principal motivo de preocupación sobre su estado– vaya a acometerse ahora en una segunda fase más centrada en la recuperación estética y artística de su interior que posibilite una cuidada labor que permita conocer al detalle el estado actual de sus revestimientos, pinturas y materiales –su patología, vamos– como imprescindible labor de estudio y planificación que a su vez sirva de base y guía de un posterior trabajo definitivo, que habrá de ser especialmente cuidadoso, dirigido a asegurar su estado y poner de relieve con su hacer restaurativo todo el esplendor de su riqueza plástica y expresiva que se incluiría – esperemos que las disponibilidades económicas lo permitan– en los presupuestos para el año que viene de este organismo y que según se ha señalado se llevaría a cabo probablemente a lo largo de varias etapas. Pues que todo siga adelante y podamos efectivamente completar una labor tan necesaria.