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Los buenos no existen

Los buenos no existen. Los hemos deportado. Les hemos reprochado sus buenas intenciones, hemos ridiculizado las causas justas que defendían y hemos vestido de debilidad el humanismo que Occidente había construido a lo largo del siglo XX basado en el derecho internacional y el respeto a los derechos humanos.

Hoy nuestros gobiernos debaten sobre los perímetros geográficos de la empatía como si fuera un recurso escaso. El afecto es algo que hay que compartir exclusivamente con amigos, familiares y, como mucho, con quienes comparten con nosotros una identidad artificial. ¿Hasta qué frontera podemos permitirnos defender las vidas de los demás? ¿África? ¿Gaza? ¿Irán?  Pensar que todas las vidas tienen la misma dignidad independientemente del código postal al que pertenecen parece haberse convertido en un mensaje utópico, absurdo e infantil.

Disfrutamos (sin ironía) de la sociedad más rica y próspera que hemos sido capaces de darnos a nosotros mismos en siglos de historia. Y, aun así, somos un planeta en el que, según Unicef, 1 de cada 5 niños vive en una situación de pobreza extrema y miles de personas se juegan la vida cada día en las guerras que han puesto en marcha quienes nunca enviarían a sus hijos a luchar en ellas. Pero no los llamen malos. Porque sí, los buenos no existen, pero los malos tampoco.

Hemos convertido a los personajes de ficción de las series que veíamos cuando éramos pequeños, a los matones de colegio y a los abusones del patio del recreo en los dueños del mundo. Les hemos comprado la falsa garantía de una sensación de seguridad basada en la impugnación de todo lo que no entendemos y les hemos entregado la legitimidad necesaria para regresar al absolutismo. Hagan con nuestras normas, valores y principios lo que quieran. Están legitimados para hacerlo.

Los buenos tienen que existir. Lo contrario da miedo. Es cierto que en una sociedad con dinámicas cada vez más complejas e impredecibles es humano refugiarse en uno mismo. Pero eso sí, la historia señala que no hay ningún país que avance prescindiendo de lo colectivo, de la buena política, de lo común.

Quizás el tiempo haga reflexionar a quienes piensan que “no hay buenos” ni “hay malos” que quienes arrasan naciones con pretextos de otra época no representan los mismos valores que quienes se oponen a ello.

Vivimos en un país en el que una parte de su parlamento discute si está legitimado o no apoyar el exterminio de una sociedad entera. Los buenos y los malos no existen (dicen) pero es innegable que hay quien no defiende más empatía que la que empieza y acaba en sí mismo.

Si los buenos no existen, quizá los malos tampoco.