Quien te ha dicho a ti
Como ya sabrán ustedes, suelo pasar mis mañanas fuera de Cuenca y ocupo mis tardes con la impagable labor de taxista familiar, con especialidad en actividades extraescolares. Hace un par de semanas, saliendo de la Escuela Municipal de Música, me sucedió algo que yo pensaba imposible en ese lugar. Vi las luces de un coche que venían hacia mí. Pité, lancé mis largas de forma furibunda y detuve el coche hasta que vi que el vehículo que circulaba en dirección contraria se aorillaba y se paraba. Cuando llegué a su altura, volvía detenerme, bajé mi ventanilla. Bajó la suya. Era una mujer en la medianería de los cincuenta, aplicando todos los prejuicios y estereotipos, afable, cordial, educada y familiar. Mi furia se tornó susto y de esta manera, alterado y aterrado por el error que había cometido esa mujer le informé de que iba en dirección contraria. Mi sorpresa fue su respuesta con cierto enfado e incomprensión hacia mí: «Ya lo sé, es que vengo solo aquí». Entonces me acordé de todos estos que frente a mi casa cambian el sentido de la marcha subiéndose con la moto por la acera (como han puesto bolardos, los coches ya no pueden hacerlo), los que hacen un trozo de calle en dirección contraria al salir o entrar a su garaje y tantas otras pequeñeces cotidianas. Esta semana se ha rechazado rebajar la tasa de alcohol al volante. En realidad, en este tema toda medida sería innecesaria si el sentido común no fuese un unicornio con cuerno de purpurina.