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Otoño en las hoces

Metidos de lleno en el puente de la festividad del Pilar o de la Hispanidad, como ustedes quieran, mediado así ya prácticamente un octubre que se nos estrenaba como el más cálido en bastantes años –el termómetro marcando el pasado domingo nada menos que los casi treinta y dos grados– aunque con la previsión de un inmediato cambio, este articulista ha decidido alejar por esta vez su semanal comentario de la agenda de la actualidad –o de las actualidades si me permiten la licencia–  tan por otro lado convulsa en tantos de sus componentes, para darse el, en todos los aspectos, respiro de acercarse al ahora de un hecho tan real, si no más, que cualquiera de los elementos de aquélla pero al tiempo tan permanentemente recurrente año tras año en nuestras vidas y en nuestro temporal existir:  el asentamiento en nuestro torno y en, permítanme que juegue con las palabras, entorno, del otoño. 

El otoño, sí, esa estación que en nuestro más cercano capitalino derredor natural, las fluviales hoces del  Huécar y del Júcar, da ya fe de efectiva presencia ornando sus arbóreos festones con el juego de oros que, en contrastado espejeo con el ya en despedida verdor con que el verano los vistiera, se ve también  a su vez pespunteado aquí y allá por los primeros guiños púrpuras que también van a ir engalanando con su belleza el aquí estoy de una estación que sin duda alguna es la que mayor esplendor por estos nuestros naturales predios alcanza. Esa estación que, especialmente cuando uno deambula con toda la tranquilidad e incluso hasta, muchas veces en estos días, casi en solitario, por los privilegiados parajes a los que acabo de referirme, gozando del tan bello caleidoscopio que el vegetal esplendor que orla sus riberas conforma con el verde espejo fluvial –a su vez moteada su superficie con los adioses que sobre su espejo susurran en su aleatorio punteo las ya desprendidas hojas– en el más hermoso cromático diálogo,  no puede sino sentir cómo, casi impalpablemente, coloca –el otoño, digo– la trócola de su latir en la cabria de un estar sin estar con el que parece mecerse en suspiros contenidos, raíles intangibles por los que pasan lentos los trenes del más hermoso sueño, impagable regalo de calma y sosiego en los tan revueltos momentos que vivimos e incluso en el aguijoneo de nuestras propias preocupaciones y afanes más personales. Bienvenido, otoño, gracias por tanto cuanto, un año más, nos regalas.