29 de Octubre de 2020 Son las 3:50

Opinión

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Especial Semana Santa 2020
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Orión

Madrid

Madrid pide ayuda al Gobierno de España para afrontar la dramática situación epidemiológica que viven sus habitantes(es la capital europea con mayor índice de contagios) y tras la parafernalia y la exhibición de su magnífica provisión de banderas desoye el primer consejo del Gobierno y decide hacer de su capa un sayo.

Inevitablemente surgen las preguntas. ¿Pidieron ayuda para ignorar sus consejos haciendo gala de su autonomía?¿o para que el Gobierno avalara con su apoyo la tibieza de las medidas en vigor, criticadas y con amplia contestación social?¿ o lo hizo sabiendo que el único camino posible es el confinamiento radical, impopular y políticamente costoso para forzar al Gobierno la imposición de tal medida y en consecuencia que fuera Sánchez quien pagara la factura?¿ o pensó que si el Gobierno, en un golpe de autoridad, se hacía con las riendas del asunto presentarse como víctima de una discriminación política e ideológica, como una víctima de una traición a la neutralidad exigible a un Gobierno de todos?

Y es que también la ideología juega un papel no pequeño en el abordaje de las crisis.

Si se dedican fondos para incentivar la presencia y mejorar la calidad de vida de determinados colectivos proclives (son variados los ejemplos) se detraen recursos útiles y necesarios para todos. Por ejemplo para contratar rastreadores, educadores, personal sanitario y de atención social. O bien para ofrecerles contratos que no sean basura en términos de calidad y retribución.

Y eso sí, que pague el Gobierno, es decir todos los españoles con el ejercito realizando labores civiles. Especialmente sangrante cuando hablamos de la región en la que se concentra la mayor riqueza de España.

Hoy nos hemos enterado de que actuar tarde en estrategias de contención genera también problemas a la economía. Y paradójicamente,

nuevos confinamientos (eficaces para contener la propagación) los generan igualmente.

Y sabemos que no hay dinero para paliar los efectos de esta doble condena.

Y nos explican que puestos a elegir, lo inteligente es extremar las medidas para evitar el contagio y hacerlo de modo inmediato.

Y lo dicen las instituciones económicas internacionales, que se unen así a las autoridades sanitarias.

A finales de marzo decíamos en un artículo publicado en la edición digital de este medio, que las medidas que había que tomar debían ser equilibradas. La búsqueda de ese deseable equilibrio resultaba (y sigue resultando) complicada, pues el escenario era novedoso, sin manual de instrucciones que seguir, sin recetas cuyo efecto se conociera de anteriores experiencias.

La defensa radical de las medidas preventivas afectaría de un modo también radical a la economía, para mal, naturalmente.

Y no es este un tema menor, decíamos entonces, pues la parálisis económica genera otra pandemia cuyas características sí conocemos de anteriores episodios: incremento del paro, asalariados pobres, temporalidad en los trabajos, ascenso imparable de la pobreza y de la desigualdad, así como crecimiento del déficit institucional y de la deuda pública. Y esta situación también produce víctimas.

Hoy decimos que no existe el equilibrio. Y menos con la situación de desunión y de enfrentamiento que vive la política española y que sin embargo no se aprecia de igual intensidad en la sociedad, que parece absorta e incrédula ante semejante dislate.

Pero partiendo de que la salud es lo primero y de que sin ella no hay economía en lontananza y de que ya tenemos ayudas europeas para remontar y de que la situación epidemiológica es diferente según los territorios nos preguntamos: ¿A qué esperas Madrid?

Queda dicho.

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