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Un año más

Pocos, bien pocos, incluso entre suF esperanzados promotores, de quienes aquel 17 de abril de 1962, Martes Santo, se apretaban en la recién restaurada  Iglesia de San Miguel –fresco aún en sus muros el yeso pese al alcohol que se había quemado en bidones para apresurar su secado– para, tras la preliminar intervención del poeta y cronista de la ciudad Federico Muelas, escuchar al Coro de Radio Nacional de España interpretar, bajo la dirección de Alberto Blancafort, la Pasión según San Mateo de Francisco de Guerrero, se atrevían, seguro, no ya a pensar, a soñar, que aquella cita musical preparada con, dentro de lo posible, toda la ilusión y toda, también, ambición artística pero en realidad “en dos meses y con cuatro perras” como andando el tiempo escribiría al recordar su nacimiento Luis García del Busto, iba no ya a tener continuidad al año siguiente sino a prolongarse hasta saltar la barrera de las sesenta y tres ediciones, pero así iba a ocurrir, así ha ocurrido: el pasado miércoles la Semana de Música Religiosa de nuestra capital –el cuarto festival musical más veterano de cuantos se celebran en el país– presentaba en la Sala Millares de la Fundación Antonio Pérez el programa de esa su ya sexagésimo tercera edición convertida su convocatoria en referencia ineludible de la agenda melómana hispana cumpliendo con creces aquella inicial declaración de sus primeros organizadores cuando la presentaban como “el intento de algo que pueda ser plasmado, de definitiva  manera, en años sucesivos: un exponente periódico de lo musical religioso desarrollado en una serie de conciertos (…) creyendo llenar –en parte al menos– la laguna musical que, evidentemente, existe en España en tal aspecto”. Pues vaya si –lo uno y lo otro, la continuidad y el ambicioso objetivo– lo iba a lograr: si los dieciséis conciertos programados que, del 28 de marzo al 4 de abril, compondrán su programa este año avalan su permanencia, su historia iba a avalar la plasmación de sus expresados propósitos al conformarse como un bastión de apoyo a la creación musical contemporánea, principalmente de los autores españoles,   no sólo al ofertarse como plataforma para el estreno de sus obras sino convertida en acicate para su hacer al mantener, convocatoria tras convocatoria, una mantenida política de encargos específicos para su celebración en un laborar, no siempre tan reconocido cual debiera, más que válido y actuante para la música de carácter más o menos sacro producida en España. Porque ¿cuántas obras de tales intención o contenido se habrían escrito  por nuestros nacionales lares en la segunda mitad del pasado siglo si no hubieran existido las correspondientes peticiones conquenses, si no hubiese sido –ahora los tiempos son ya, claro otros, pero por entonces la situación era muy distinta– por la plataforma que sus anuales celebraciones iban a brindar a la composición contemporánea.  Por ello, por todo ello, felicitémonos del anuncio de una nueva entrega de una cita que, con sus avatares y altibajos, pero con la persistencia de su modo e intenciones, se ha convertido en motivo de legítimo orgullo para quienes la mantuvieron y mantienen y de repetida oportunidad de deleite para quienes, gracias a ellos, hemos disfrutado y vamos a poder disfrutar de su regalo un año más.