San Julián, más allá del calendario
Esta semana desperté con la ilusión propia de un día festivo. El miércoles 28 de enero era San Julián, patrón de Cuenca. Lo daba por hecho: desde niña, toda la ciudad esperaba esta fecha. Unos por motivos religiosos, otros por razones más terrenales —como aprovechar las rebajas de El Corte Inglés—, pero todos, desde los más pequeños hasta los mayores, aguardaban este día del frío enero con una alegría compartida.
Este año, sin embargo, no fue igual. San Julián cayó en un día laborable, un miércoles cualquiera de trabajo (del latín vulgar tripaliāre, que significaba “torturar”). A la rutina se sumó la frustración de una expectativa festiva que no llegó a cumplirse.
Esa sensación me llevó a escribir estas líneas, porque creo necesario recordar el espíritu que hizo grande a San Julián y su profundo amor por Cuenca. Un amor que resulta aún más significativo si recordamos que era toledano. San Julián trabajó por la economía, el progreso y el crecimiento de esta tierra, y muy especialmente por los más necesitados, aunque, en realidad, lo hizo por las personas en su conjunto.
Conocemos bien su dimensión religiosa y altruista, pero quizá hoy, cuando el mapa de España nos señala como una provincia despoblada, conviene rescatar el valor singular que tuvo su figura para Cuenca, más allá de la religión, y conmemorarlo en toda su amplitud.
San Julián fue el segundo obispo de Cuenca y llegó a una tierra recién conquistada, marcada por la despoblación y los problemas de convivencia. En apenas diez años (1198-1208) impulsó una red de pequeñas parroquias repartidas por los pueblos, alquiló tierras a los nuevos pobladores y, a través de los diezmos que recogía en sus célebres cestas, ayudó a los más necesitados. Todo ello fomentando la convivencia entre los distintos estamentos sociales y las religiones que coexistían en la ciudad.
No puede minusvalorarse el esfuerzo que supuso consolidar esa red parroquial en un territorio fronterizo: organizar los pueblos, garantizar la convivencia, recaudar alimentos para quienes no tenían recursos y contribuir al progreso de la ciudad y a la creación de un lugar digno donde vivir.
San Julián no sólo alimentó a los pobres. Dio oportunidades. Alquiló tierras, ofreció futuro y sembró esperanza en una tierra difícil, promoviendo la paz en un entorno hostil. Se ganó el respeto de todos trabajando por las personas, hasta ser reconocido como “el padre de los pobres”.
En tiempos como los actuales, figuras como la de San Julián adquieren una relevancia especial. Sea festivo o no en el calendario, su legado merece ser recordado en toda su magnitud.
Loor a San Julián.