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Qué sociedad queremos

El fallecimiento de Maricarmen Abascal ha puesto de relieve de la manera más descarnada posible la polarización a la que se encuentra sometida la sociedad en este país. Por un lado, ha reflejado las posiciones miserables de la ultraderecha y la derecha de este país, incapaces de mostrar la mínima empatía hacia la anciana desahuciada, a la que ni siquiera han permitido dedicar un minuto de silencio en instituciones como la Comunidad de Madrid, el Senado o el Ayuntamiento de la capital.  A ello se han sumado algunos ‘comunicadores’ con expresiones y calificativos más propios de nazis sin escrúpulos que de gente civilizada y empática. Y para completar la ecuación no hay más que leer en redes sociales numerosos comentarios de gente sin alma y descerebrados que incluso se permiten sostener que ha sido el Gobierno quien ha orquestado la muerte de Maricarmen para obtener rédito electoral. Lejos de mostrar respeto y de arrepentirse de los improperios dedicados a esta mujer durante estas dos semanas de agonía, han huido hacia delante con acusaciones delirantes surgidas de la cloaca más abyecta, que no hace sino definir su escasa catadura moral. En la otra cara de la moneda hemos asistido a la reacción de las personas de bien, solidarias con la familia y amigos de Maricarmen, respetuosas con su luto y comprensivas con la reivindicación que la anciana mantuvo hasta su triste final, aunque su ideología fuera diferente a la de ella y a la de la gente acampada en muchas ciudades españolas. En los días sucesivos vamos a tener la oportunidad de ver cómo se retratan unos y otros y cómo un país reacciona ante un deceso que puede decantar el resultado de las próximas elecciones generales.

El fallecimiento de Maricarmen ratifica también que el derecho a una vivienda justa va a seguir siendo reivindicado con más fuerza, porque esa reivindicación ha acabado costándole la vida y nada ejerce más motivación en una protesta que el recuerdo y el ejemplo de quienes quedaron en el sendero de la lucha. La imagen y los mensajes de la anciana están ya grabados a fuego no sólo en el subconsciente de aquellos que apoyan sus demandas sino también en los desalmados que justifican los desahucios y pretenden seguir haciendo de un derecho básico un negocio lucrativo. Los que quieren acabar con el rentismo y con los fondos buitre tienen ahora un incentivo mayor: pelear para que la muerte de Maricarmen no haya sido en vano. Los que pretenden mantener el status quo saben que su posición es difícilmente sostenible ante el clamor social que surgió tras un desahucio que ha terminado con una muerte.

Vamos a vivir unos días singulares hasta los comicios. Se abre un periodo en el que la ciudadanía va a tener un papel esencial porque no van a ser una elecciones al uso. Va a ser el momento en el que decidamos en qué tipo de sociedad queremos vivir: una decantada hacia los derechos sociales mayoritarios u otra postrada hacia la codicia de una minoría privilegiada. Hasta ahora nunca habíamos tenido tan clara la alternativa. El desahucio y la muerte de Maricarmen y las posteriores reacciones de los actores implicados en el proceso, medios de comunicación incluidos, han desvelado de qué pie cojea cada uno de ellos. Si realmente la española es una democracia madura ahora tiene la oportunidad de demostrarlo.