Sin hielo, sin educación y sin argumentos, pero con esperanza
Ocurrió hace unos días en ese preámbulo de expectación y nervios que precede a la suelta de reses en nuestras fiestas. Un grupo de amigos compartía charla y tragos cuando se acercó un tipo de mediana edad. En un gesto que define la hospitalidad de nuestra tierra, donde nadie es forastero si viene de buenas, el hombre pidió ser invitado y la peña, sin dudarlo, le sacó un vaso. Faltaba hielo —el eterno error de cálculo de las grandes tardes—, así que uno de los amigos no dudó en levantarse y caminar hasta el bar para traer una bolsa. Se le sirvió lo que pidió: el licor —el más caro, por cierto— y su refresco. Con el vaso bien frío ya en la mano, fruto del favor y el esmero del anfitrión, el forastero se despachó a gusto espetando un sonoro: «Pedro Sánchez, hijo de puta».
La respuesta no se hizo esperar. El mismo que acababa de patearse la calle en busca del hielo —alguien a quien, por cierto, nadie podría colgarle la etiqueta de votante o simpatizante del agraviado— se plantó. Con tanto respeto como energía, le recriminó largamente el insulto gratuito. La réplica del forastero, lejos de sostenerse en un argumento político propio, desnudó por completo la vacuidad de su ofensa. Solo supo balbucear una triste justificación: «Porque lo dicen en la tele». La tensión pareció diluirse entre la multitud y los toros.
Sin embargo, justo cuando sonó el cohete que anunciaba el fin del espectáculo taurino, el forastero se acercó de nuevo al grupo. Esta vez, en silencio, extendió el brazo y estrechó la mano de quien, con toda la razón del mundo, le había puesto las peras al cuarto.
Este pequeño incidente de pueblo es, en realidad, la radiografía de la sociedad actual. En primer lugar, evidencia una alarmante pérdida de la educación y de los valores más elementales de la hospitalidad. Romper los códigos de la cortesía más básica —insultar en la mesa donde te acaban de dar de comer o beber gratis— demuestra hasta qué punto la crispación está pudriendo los lazos humanos.
El problema de fondo es que ya ni siquiera somos dueños de nuestros propios enfados. El «porque lo dicen en la tele» de aquel hombre reveló la triste realidad de una ciudadanía hiperconectada pero anestesiada por los medios y las redes sociales sin parar a reflexionar un solo segundo.
Por eso cobra tanto valor el gesto de aquel amigo que trajo el hielo. Su reacción nos recuerda la importancia vital de poner límites desde el respeto. No hacía falta compartir ideología para defender la decencia en la conversación; bastaba con tener dignidad.
El apretón de manos final del forastero demuestra que, en el fondo, la sensatez cala cuando se defiende con firmeza. A menudo se critica la hospitalidad ingenua tachándola de «buenismo» condescendiente. Sin embargo, el buenismo o la generosidad no son malos en sí mismos; el verdadero peligro radica en los parásitos que se aprovechan de ellos para escupir su bilis en la mano que los acoge. Preservar la buena educación y frenar en seco a los maleducados es pura supervivencia vecinal.