El abrazo, ese idioma antiguo que nos está haciendo falta
Vivimos tiempos acelerados. Paradójicamente, en la era de la hiperconectividad digital, caminamos más desconectados que nunca de la piel ajena. En nuestras plazas y pueblos, donde antes el saludo implicaba un apretón firme o una palmada franca, la prisa y las pantallas han ido ganando terreno. Por eso,conviene volver a lo esencial y reivindicar el poder subversivo de un gesto tan antiguo como la humanidad misma: el abrazo.
La propia palabra es un misterio hermoso. Aunque la mayoría de los lingüistas coinciden en que proviene del latín brachium (brazo), existe una corriente que vincula su raíz con el nórdico antiguo bráka, que significa "reducir la tensión".
Ambas definiciones son correctas en la práctica. Abrazar es rodear al otro con las extremidades, pero, sobre todo, es desactivar las alarmas del cuerpo. Antes de que inventáramos el alfabeto, nuestros ancestros ya se abrazaban alrededor del fuego para ahuyentar el frío y el miedo a los depredadores. El abrazo fue nuestro primer idioma.
Hoy, la ciencia le da la razón a la antropología. La neurobiología demuestra que un abrazo no es solo un adorno social, sino una necesidad biológica. Cuando nos fundimos con otra persona durante al menos diez segundos, nuestro cerebro activa una farmacia interna natural. Se libera oxitocina, la hormona de la confianza y el apego; suben los niveles de serotonina, que regula el estado de ánimo; y se desploma el cortisol, el responsable del estrés que nos carcome a diario. Físicamente, el corazón ralentiza su marcha y la presión arterial desciende. Es un bálsamo gratuito e inmediato.
En una sociedad como la nuestra, donde a menudo nos preocupamos por la soledad no deseada de nuestros mayores y el aislamiento de los jóvenes, el abrazo adquiere una dimensión política y comunitaria. Es el pegamento que sostiene el tejido social. Abrazar a un vecino que pasa por un mal momento, a un hijo que regresa el fin de semana o a un amigo en la barra del bar del pueblo es recordarles que pertenecen a un lugar y a un grupo.
No dejemos que la frialdad de los tiempos modernos nos robe el contacto. Reivindiquemos el abrazo no como una cursilería, sino como un acto de resistencia, de salud pública y de profunda humanidad. Al fin y al cabo, es el único lugar del mundo donde uno puede estar al mismo tiempo desarmado y completamente protegido