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Verde, que te quiero verde

Que la presencia de vegetación aumenta la calidad de la vida urbana es un hecho mil veces demostrado. Si por un lado rebaja y disipa el calor al hacer que un mayor porcentaje de la radiación incidente sea reflejada a la atmósfera y, a más de liberar mediante la evotranspiración parte de la energía del entorno, provocar una sombra sobre el suelo y sobre los edificios que reduce incluso el gasto energético en estos lo que a su vez, disminuye la emisión calorífera desde ellos, por otro mejora la calidad del aire por el llamado “secuestro de carbono” debido a su acumulación en los troncos y ramas de árboles y arbustos y en un suelo no sellado –si lo está no acumula agua y pierde la capacidad de sostener las redes de la vida– y reduce tanto la concentración de contaminantes como el ruido, especialmente el proveniente del tráfico, todos ellos, evidentemente, factores más que positivos para el bienestar y confort de sus habitantes y la mayor parte de ellos, si no todos, especialmente beneficiosos en ciudades de clima seco cual nuestra capital. Parece lógico por tanto aumentar nuestras áreas verdes urbanas, pero eso sí, no de cualquier manera y al tuntún, sino cuidando especialmente su producción de la mencionada sombra, que una zona puede parecer verde por su superficie pero perder buena parte de, por ejemplo, su capacidad de refrigeración cuando carece de eso, de sombra suficiente, por lo que hay que lograr especialmente que existan en ellas árboles grandes de copas densas que produzcan una sombra continua y que esas zonas estén conectadas lo más posible. Es un proceso que, eso sí, se ha de hacer con estándares de calidad y con una planificación que tenga en cuenta las propias características geoclimáticas de la ciudad –no hay recetas generalizadas básicas– y que por tanto elija las especies más adecuadas a ellas, potenciando en la medida de lo posible las nativas, y desde luego combinada con decisiones sobre materiales –también los constructivos– ventilación, agua y forma urbana y que, por supuesto, tenga en cuenta que debe extenderse al total del mapa urbano en una acción nunca concentrada en las zonas centrales o de mayor capacidad económica sino hecha extensiva a los barrios periféricos y con menores ingresos y en general con una cobertura y accesibilidad peatonal más reducidas; y por supuesto que atienda asimismo a la biodiversidad y la resiliencia ambiental a largo plazo y desde luego, prevea y, ¡ojo!, asegure su mantenimiento. Son consideraciones que en estos últimos tiempos me ha suscitado la presencia en las redes de ese movimiento vecinal o plataforma ciudadana “Verdeando Cuenca” que usando la IA de imágenes plantea, contrastando el ahora de calles o parajes con el posible después virtual así generado, la creación de jardines verticales, parterres o jardines de lluvia, el incremento de vegetación y arbolado en calles o rotondas o la utilización precisamente de especies adaptadas a nuestro clima. Más allá de sus propuestas concretas, sin embargo, lo importante es, a mi juicio, precisamente su condición de iniciativa ciudadana concienciadora de abajo a arriba. Bien por sus promotores y mantenedores.