Cuenca, el sol y una plaza
Taiyo es el nombre en japonés del sol. Considerado en su cultura tradicional como un símbolo de vida, energía y poder al par que de luz, calor y renovación, da también nombre a uno de los espacios urbanos más singulares de nuestra capital, una plaza que es un ámbito de reposo y calma que hace veinte años, doble década que precisamente en estos días se anda cumpliendo, se inauguraba en lo que entonces era poco más que un descampado pero que hoy forma parte del Parque de los Príncipes en la zona más joven diríamos de la ciudad. Diseñada y realizada por la artista japonesa Keiko Mataki, convecina nuestra desde que en 1884, que también es tiempo, llegara por primera vez a Cuenca, una condición que la ciudad le reconocía al nombrarla en 2024 su Hija Adoptiva, la Plaza Taiyo –compañera de otras realizaciones urbanísticas de esta creadora concebidas para su país natal como el parque Ōjibaru de Takaharu, la asimismo plaza Estrella Togaria, el entorno del puente Hokusen o el paseo Hikari– aúna su esencia de área de esparcimiento con su conformación como espacio astronómico al aire libre y desde su inauguración ha sido repetido escenario de actividades de carácter artístico o cultural muchas de ellas organizadas al hilo de las celebraciones anuales de los solsticios y equinoccios de verano o de otoño. Así va a volver a ocurrir el próximo día 29 en el que la celebración del equinoccio otoñal –aunque su fecha astronómica exacta sea este año la del 23 de septiembre a partir de las dos horas y cinco minutos– llevará al área creada por la artista, y en el que el cono del reloj de sol en ella ubicado centra el juego de sus diferentes elementos, en una cita organizada con la colaboración de la Asociación Emtomasol, el Museo de las Ciencias y Astrocuenca, tras la inicial breve charla de José Estaban Donate sobre precisamente el motivo de la celebración, el alegre sonar dulzainero de Pipirigay, los juegos de prestidigitación del Mago Albert, las Historias de Japón de la cuentacuentos y escritora Jenny Fraile, el guiño del Schetche Clown de El Canto del Gallo y un espectáculo de guiñol de Títeres Larderos. Y ya que de ella, de la Plaza Taiyo, hablamos, no viene precisamente mal plantearse la necesidad de llevar a cabo una nueva rehabilitación de algunos de sus tan característicos componentes –rehabilitación que no sería desde luego la primera, que ya hubo que llevar a cabo alguna anterior– deteriorados más que por el paso del tiempo por los ocasionales daños de incívicas acciones. Sin duda sería todo un gesto para Amaterasu, la también solar deidad de la cosmología japonesa, pero también, desde luego, un detalle de nuestros regidores para que cuantos, conquenses o visitantes, se acerquen, nos acerquemos qué caramba, a este singular espacio –que por cierto estuvo incluido en la agenda del I Congreso Internacional del Sol llevado a cabo en 2008 en nuestra ciudad– podamos disfrutar mejor de la cromática belleza, juguetona a la vez que también de algún modo poética, que en él destilara su artífice.