La mentira, esa gran verdad
Juan Manuel de Prada, en un artículo titulado “El reino de la pacotilla”, en el que hacía referencia a la cotidianeidad de la mentira en nuestro país, puesta de relieve por José María Pemán a mediados del pasado siglo, afirmaba que en nuestra época se ha hecho de la mentira un líquido amniótico en el que bogamos plácidamente, porque se trata de mentiras sagazmente cocinadas y difundidas con ingentes recursos que producen una intoxicación generalizada de la sociedad, una suerte de septicemia colectiva de la que siquiera nos percatamos.
Y es que, apreciados lectores, hoy en día se miente a tutiplén por encubrir, por manipular, por mediocridad; por presumir, por difamar, por necesidad, por complejo (de inferioridad o de superioridad, que igual da), por deporte, por sistema, por costumbre y…porque sí. Hasta, paradójicamente, por amor al prójimo en lo que se viene a denominar “la mentira piadosa”.
Se miente por la mañana, por la tarde o por la noche; con premeditación y alevosía; improvisando y “a otra cosa mariposa”; con ánimo de hacer daño o sin mala intención (es un decir); por exaltar hechos propios o minimizar los ajenos (por joder, vamos); en defensa propia porque “le han pillao con el carrito del helao” y no les queda otra salida que la manida frase: “esto no es lo que parece”, aunque su culpabilidad sea flagrante delito; y por costumbre, aunque la feria no vaya con ellos, pero siguiendo la máxima de que “lo que no se practica, se pierde”.
En el ámbito de la mentira, existen profesionales que mienten sin pestañear y aficionados que se les pilla antes que a un cojo (como reza el refrán), porque la evidencia es de tal tamaño que no lo pueden negar; habilidad o desfachatez que les diferencia de los profesionales, auténticos tahúres del Misisipi, como le espetaba Guerra a Suárez, desde la tribuna del congreso.
Al final, la realidad es que “En este mundo traidor nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”, que diría Ramón de Campoamor. Claro que en época del insigne poeta no existía la IA, ya que, en la actualidad, no se sabe a ciencia cierta lo que es verdad y lo que es mentira, pero antes, ahora y después añado yo, el auténtico color con que se mira es el nuestro, dicha sea la única verdad, aunque sea mentira, porque la tonalidad del color se puede cambiar como los principios de Groucho Marx... si no gusta o no conviene.
Julio Magdalena Calvo.