¿Qué pasó después de Caín y Abel?
Dos hermanos, una envidia, una quijada de asno. Así sitúa la tradición popular el arma del primer crimen de la historia, porque el Génesis, curiosamente, no dice con qué mató Caín a Abel. Conocemos el principio, pero casi nadie recuerda lo que viene después.
En la Biblia, Caín responde a Dios con la evasiva más célebre de la literatura: «¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?». Condenado a errar por el mundo, recibe una señal que lo protege de la venganza y acaba fundando la primera ciudad. La tradición judía, que rellenó los silencios del texto, lo hace morir aplastado por su propia casa o a manos de su descendiente Lamec, que lo confundió con una fiera (según versiones). En el islam, donde la tradición lo conoce como Qabil, el fratricida no sabe qué hacer con el cadáver hasta que un cuervo le enseña a enterrarlo y se lamenta de no haber sido capaz ni de eso. El Corán deja una sentencia que debería ser omnipresente: quien mata a una persona es como si matase a toda la humanidad.
El mito, además, no es solo de las tres grandes religiones monoteístas. En Egipto, Set mata a su hermano Osiris y lo despedaza. El conflicto se prolonga hasta que los dioses intervienen. En Grecia, Eteocles y Polinices, hijos de Edipo, se matan entre sí por el trono de Tebas. Ni muertos los deja en paz la rivalidad porque sus cenizas, dice la leyenda, se separaban en la pira. En Roma, Rómulo mata a Remo por una disputa sobre dónde fundar la ciudad. Sobre ese crimen se levanta Roma.
Tampoco nos ponemos de acuerdo sobre el motivo. Que si fue la envidia por una ofrenda (carne o vegetales), que si el reparto de la tierra (pastor y agricultor), que si una esposa era más guapa que la otra (aunque eran gemelas), que si el lugar del futuro Templo (o ciudad). Los comentaristas llevan siglos discutiendo quién tuvo la culpa.
Y uno no puede evitar mirar a España (y casi al total del resto del mundo).
Aquí hemos convertido la discusión sobre el origen en deporte nacional. Todo problema llega con su relato de culpables: los de antes, los de ahora, los de acá, los de acullá. Hablamos más de quién empezó que de cómo se arregla. El adversario político se ha ido volviendo enemigo y el vecino sospechoso. Se discute en la tele, en el bar y en la cena de Navidad, con la voz cada vez más alta y la escucha cada vez más baja.
Lo más desalentador es que hay problemas sobre los que la sociedad está, en el fondo, mucho más de acuerdo que quienes la representan. Necesitamos pactos y acuerdos que sobrevivan a las legislaturas y a los cambios de gobierno. Pero en la política española pactar parece traición, ceder parece derrota y reconocer un acierto del contrario, una debilidad. Cada parte prefiere ganar la discusión a resolver el problema.La lección del mito es incómoda: el conflicto no se apaga solo y quien lo ignora acaba con la quijada en la mano. Pero también hay una esperanza y está en el cuervo: ese instante de lucidez en el que Qabil reconoce su torpeza y empieza a remediarla. Nos vendría bien un poco de ese cuervo: aprender a enterrar la mandíbula asnina antes de que haga falta inhumar otra cosa.
Porque la pregunta de Caín sigue en pie. Y mientras no respondamos que sí, que somos los guardianes de nuestros hermanos, seguiremos discutiendo por el origen de una pelea que ya nos cuesta demasiado.