Y el pueblo soberano
“Ciudadanas y ciudadanos: los días 23 y 24 grupos golpistas intentaron destruir las instituciones democráticas, la pacífica convivencia de los españoles y la Constitución que mayoritaria y libremente nos hemos dado en el ejercicio de la soberana e indomable voluntad popular. ¡Viva la Constitución!¡Viva la Democracia!¡Viva España!” Así rezaba el comunicado que el 27 de febrero de 1981, a cuatro días del comienzo de la intentona golpista del 23 F, se leyó al final de las multitudinarias manifestaciones que recorrieron las calles de tantas y tantas ciudades de todo el Estado para expresar la repulsa popular al propósito de sus ejecutores de torcer el rumbo elegido por sus ciudadanos.
Es algo que conviene recordar en estos días en que hemos echado la vista atrás para rememorar el momento en que todo podría haberse torcido para remarcar la importancia, la importancia, sí, la decisiva importancia en esos días, del mayoritario rechazo de la tropelía por quienes también mayoritariamente –el pueblo soberano– nos habíamos otorgado un camino de paz, libertad y convivencia.
Porque se ha comentado mucho, al hilo de la desclasificación de los documentos en torno a aquellos hechos, el papel del Rey o de las instituciones como garantes, en aquellos cruciales momentos, de la democracia, pero bien poco se ha destacado ese papel, tan decisivo o más –qué demonios, claro que más, el fundamental– del pueblo soberano.
Tan sólo algún comentarista, como por ejemplo, por lo que este articulista ha rastreado, Elvira Lindo en su colaboración en el diario El País, ha subrayado el llamativo olvido en el unánime recordatorio de la ominosa fecha del decisivo hecho de que “cuatro días más tarde un pueblo que defendía su libertad tomó las calles, de la más grande a la más pequeña avenida de España”.
Porque las tomamos, vaya si las tomamos, no sólo las de Madrid abarrotadas por un millón y medio de ciudadanos sino las de tantas otras ciudades de toda nuestra nacional geografía incluida esta nuestra Cuenca que también quiso expresar su repulsa a la cuartelada y su apoyo a la voluntad popular.
Quien tuvo el honor de poner voz esa noche en el Jardinillo de La Trinidad, que fue el paraje donde concluyó su recorrido, a ese mismo comunicado que en la capital de la nación leyó la presentadora televisiva Rosa María Mateo, se lo asegura a ustedes, orgulloso de haberlo hecho, claro, pero sobre todo de haber participado, como uno más, en esa ciudadana repulsa conquense a la fechoría.
Dicho lo cual déjenme que para terminar quiera también llamarles la atención sobre una noticia de estos días que también ha pasado casi inadvertida, casi sin repercusión pública: ese acuerdo del pasado 11 de febrero de la Secretaría de Estado de Memoria Democrática por el que se declaran “Lugar de Memoria Democrática” las manifestaciones del 27 de febrero de 1981 a favor de la democracia, un acuerdo que implica el compromiso de la Administración General del Estado –esperemos que se cumpla– de impulsar “la realización de recursos audiovisuales y digitales explicativos de este acontecimiento” y de promover “la instalación de placas, paneles o distintivos memoriales de las manifestaciones, así como de señalización de punto de reconocimiento cuando sea pertinente para el conocimiento público de los hechos”, que bien que necesitamos que las nuevas generaciones sepan –que en su mayoría ni idea tienen– lo que en verdad ocurrió.