29 de Noviembre de 2020 Son las 22:57

Opinión

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Especial Semana Santa 2020
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Orión

"Nuestros bares"

Antes de que la pandemia nos postrase, España era el país del mundo con mayor densidad de bares por habitante. Abrían sus puertas cada día más bares aquí que en todos los Estados de Norteamérica.

Un bar por cada 175 personas se ponía a disposición de sus clientes. Cuando el virus nos deje (o lo echemos, ya veremos) miles de ellos serán historia y muchos tendremos que aprender a vivir sin el bar de la esquina.

¿Clientes, amigos, compañeros de viaje? Tras cada barra una persona que nunca nos parecía indiferente.

A un bar se entra sabiendo que la compañía es un aperitivo de irresistible atractivo. Hemos dependido tanto de ellos que en nuestro confinamiento más severo muchos transformaron sus balcones en barras improvisadas para compartir el tiempo de las cañas.

En ellos hemos consumido ruidosas horas jugando al cubilete. No a los dados, sino al cubilete pues veíamos en el fondo de esos vasos de cuero ennegrecido la esperanza de que alguien nos pagara las cervezas o el café.

Acodados y generalmente de pie, hemos arreglado miles de veces los problemas de las comunidades de vecinos, del barrio, de la ciudad y de España. Hemos pescado los mejores cangrejos, hemos cazado las más apetecibles piezas, hemos cogido innumerables hongos y hemos comentado nuestras más apreciables conquistas sentimentales. Y sus esquinas han sido testigos mudos de nuestras confidencias susurradas.

Hasta allí nos han llevado las tertulias más reflexivas y, por supuesto, los partidos de futbol y la imperiosa necesidad de decirle, generalmente a voces, al Vicente del Bosque de turno que esa no era la selección que necesitábamos.

Y, por supuesto, todos recordamos esos momentos tiernos en los que hemos celebrado, o llorado sin lágrimas, episodios que nos han conmovido.

En soledad o compañía. Pues allí la soledad era menos soledad y la compañía nos procuraba el intenso placer de sentirnos, por unos momentos, comunidad de personas iguales.

Y nos surgen preguntas que no tienen, de momento, una respuesta sencilla.

Sabemos que no volveremos a vivir como lo hacíamos antes. Pero cómo lo haremos? ¿Sin el bar de la esquina? Probablemente.

¿Tendremos que inventarnos un modo nuevo de relacionarnos, de convivir? ¿Una nueva cultura que proponga una forma diferente de compartir el tiempo?

Hay quienes aseguran que sobrevivirán aquellos que haciendo gala de elasticidad, imaginación y recursos adapten sus establecimientos a nuevas formas de ofrecer servicio buscando nuevos “nichos de negocio”. Tendrán razón, suponemos, pero ¿qué será entonces de nuestra ancestral cultura de relacionarnos en las barras?¿qué veremos instalarse en la esquinas que ocupaban nuestros bares? ¿Acaso no merecen una ayuda pública aquellos que quieran, sepan y no puedan?

No conocemos el resultado ni quienes dibujan la nueva situación, pero sí suponemos que estarán remodelando no solo una nueva forma de negocio. Están perfilando una nueva cultura.

Y en el extremo opuesto, los salvajes. Los que patean las calles sin otra finalidad que proclamar la esterilidad de sus propuestas: fuera el sistema, cualquier sistema que proponga unas reglas, unas normas que no son inmutables pero que no se cambian del modo en que ellos proponen.

“ ¿Pero proponen algo?” pregunta Adán telemáticamente.

Hoy no hemos celebrado nuestra habitual tertulia en el bar de la esquina.

Habríamos gozado viendo el ejemplo de unos niños dando lecciones de cordura y compromiso, limpiando lo que otros inciviles dejaron como rastro de su vandalismo.

Queda dicho.

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