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6 de Agosto de 2020 Son las 17:58

Opinión

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Especial Semana Santa 2020
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Eduardo Soto

Guía para abrazarse

Lo reconozco, lo primero que hice al volver a encontrarme con mi pareja después de 100 días de ausencia Covid fue abrazarla. No nos habíamos hecho PCR, no teníamos fiebre, ni tos, ni anosmia. Sentíamos, eso sí, una rara especie de ese cansancio de la familia aquella del bolero: “dicen que la distancia es el olvido…”; estábamos cansados… de no abrazarnos. ¿Hay quien en parecida situación se haya privado de ese maná? Nuestra tan orwelliana Nueva Normalidad nos enfrenta a dilemas difíciles de resolver, el de cómo atender las demandas del afecto es uno de ellos. Y no pequeño. Dicen que en Xiam, la macrociudad china que alberga los guerreros de terracota, se multiplicaron los divorcios de manera inesperada; estamos a la espera de las estadísticas en el resto del mundo. El beso es la manera más inmediata de tantear la química entre dos personas pero, como todos sabemos, es también el modo más rápido de contraer el coronavirus.

Johannes Eichstaedt, profesor de psicología en la Universidad de Stanford dice que " nuestros sistemas biológicos se comunican entre sí a través de ese contacto cariñoso que nos da seguridad y nos informa claramente de que somos amados, de que no estamos solos". Son numerosos los estudios que asocian el afecto físico, y especialmente la práctica sexual, con la reducción del estrés y la mejora de nuestro sistema inmunitario. Comprendo que haya habido muchas parejas que hayan oscilado entre recuperar sus ternuras o seguir postergándolos en tanto amaine la pandemia. Pasados los 15 días de cuarentena, el núcleo familiar, el grupo que convive bajo un mismo techo, puede estar en condiciones de recuperar los arrumacos y cariños cotidianos pero ¿podemos saber algo más sobre cómo puede contagiarnos un abrazo?

Linsey Marr, experta en transmisión de enfermedades transmitidas por el aire, opina que el riesgo de exposición durante un breve abrazo puede ser bajo si se toman algunas medidas sencillas: abrace al aire libre, abrace con mascarilla, no abrace mirándose a la cara, ponga su cabeza justo en oposición a la de su abrazante, es decir miren hacia afuera. No abrace a un enfermo, ni a quien tose; vamos, que espere un poco más para abrazar a quien tiene los síntomas básicos. Un abrazo breve pero intenso, con estas precauciones, no tiene por qué derivar inmediatamente en un contagio. Es mucho más fácil que alguien, en la mesa de un bar o en una terraza, simplemente con las micropartículas de saliva que expulsa en una carcajada, le inocule la copa o el plato con sus miasmas al que lo tiene a menos de un metro y medio de distancia.

Se estima que hacen falta entre 200 y 1.000 copias del virus para infectarse. Una tos promedio de un infectado puede proyectar al espacio entre 5.000 y 10.000 virus, pero si guarda la distancia básica, solo alrededor del 2 % de las gotículas de la tos, de 100 a 200 virus, podrán ser inhalados por una persona cercana. Y de esas, según Marr, solo el 1% de esas partículas, uno o dos virus, en realidad, serán infecciosas. "Si no habla ni tose mientras abraza, el riesgo debería ser muy bajo".

La seguridad reemplaza la etiqueta. Personalmente, me he acostumbrado al choque de codos y no echo de menos, por ahora, los clásicos apretones de manos. Parece ser que darse la mano (y no lavarse inmediatamente después) equivale a tres horas de interacción cara a cara. Si sonríe amablemente y busca el contacto con los ojos del otro, la carambola de codo con codo tiene un algo de simpática danza medieval. Tampoco estaría de más que las palabras, en esta época borrosa y ardua, fueran de aquellas que endulzadas saltan desde los labios para abrazar, que los verbos acariciaran y que los adjetivos propinaran besos. Ya puestos, que fueran palabras amables, sinceras y bien pensadas antes de decirlas, y así nos ayudaran a la aproximación emocional y a la comprensión racional que tanto necesitamos, siempre, con Covid y sin Covid.

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