De guerra y negocios
Suben como un cohete, bajan como una pluma. Es una de las expresiones que hemos oído o leído muchas veces cuando por una razón u otra los precios de todo cuanto consumimos se elevan hasta alcanzar niveles difícilmente soportables por el ciudadano medio. Se incrementaron notablemente durante la pandemia, también al iniciarse la guerra en Ucrania y ahora vuelven a elevarse peligrosamente cuando Estados Unidos e Israel han atacado Irán a traición y sin motivo aparente. Sin ánimo de ser ventajistas, ahora podemos entender algunos de las decisiones y movimientos aparentemente arbitrarios de Donald Trump nada más abordar su segundo mandato en la Casa Blanca. No es difícil deducir que todo lo relacionado con los aumentos arancelarios a medio mundo, las presiones a la OTAN para conseguir que los socios aumenten sus aportaciones económicas para comprar armas norteamericanas y las acciones bélicas llevadas a cabo en Venezuela no tenían otros propósitos que financiar la guerra que ahora incendia Oriente Medio y asegurarse la posesión de las mayores reservas petrolíferas del planeta. No es casualidad que los Estados Unidos vayan poner en marcha la primera refinería de petróleo en medio siglo, que será un monstruo tecnológico que costará 300 mil millones de dólares.
Al amparo de esta crisis cuyo final es incierto, una vez más asistimos a toda una paradigmática demostración de posiciones especulativas, en lo económico y en lo político. Las grandes empresas energéticas han comenzado a subir los precios del gas y los combustibles en un alarde de comportamiento preventivo, pero sobre sus stocks comprados a precios anteriores a la guerra, es decir, muy inferiores a los actuales. Es evidente que en los últimos días no han podido importar crudo ni gas de Oriente Medio porque el Estrecho de Ormuz está cerrado al tráfico marítimo, lo que nos hace sospechar que estas compañías van a multiplicar sus beneficios a base de revalorizar enormemente sus propias reservas. Con los alimentos y otros bienes ocurre algo parecido. Sin haberse calculado hasta hora el daño que la guerra puede causar en la producción agroalimentaria y en el comercio de las materias primas, las grandes cadenas comerciales y los conglomerados empresariales de todo tipo se frotan las manos y no dudan en elevar sus precios. En nuestro país, algunos empresarios incluso solicitan al Gobierno que baje el IVA y los impuestos de los combustibles y de gran parte de los productos, muchos de los cuales ya estaban en sus almacenes o en sus depósitos antes de que las bombas comenzaran a caer sobre Irán. Pero ellos no están dispuestos a bajar los precios y ajustar sus márgenes de beneficio.
En el plano político, en las actuales circunstancias la oposición percibe un campo abonado para continuar con su implacable campaña de desgaste. Por un lado, se permite mantener una ambigua postura de apoyo a las acciones de Estados Unidos e Israel, mientras por otro presiona al Ejecutivo para que reduzca de alguna manera el daño económico que ambos países están provocando. No deja de resultar sorprendente que el PP esté solicitando unas medidas de protección socioeconómica que hace pocas fechas rechazó en sede parlamentaria. En una tesitura en la que se requiere unidad de acción y de reacción, de nuevo la derecha española nos hace poner en duda que sus intereses coincidan con los de la mayoría de los españoles. Quizá sea el momento de volverles a recordar que para ser patriota no sólo hay que llevar una pulsera con la bandera.