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Cuenca en el Atlántico

Cuenca en el Atlántico

Un viaje –cualquier viaje– depara siempre sorpresas más allá de lo en principio previsto, tantas veces debido a ideas previas basadas más en tópicos generalizados que en un verdadero conocimiento del destino elegido. Comprobación al canto, una vez más, de lo dicho, iba a ser para este articulista, en su reciente visita a la canaria isla de Lanzarote, la en su curso a la vez realizada al Museo Internacional de Arte Contemporáneo ubicado en la antigua fortaleza militar  del Castillo de San José en la zona de Puerto Naos, de su capital, Arrecife,  una construcción edificada entre los años 1774 y 1779 con el fin de paliar la situación de extrema pobreza que vivía la isla tras las erupciones volcánicas que arrasaron una de las zonas más fértiles de cultivo –razón por la que se la conoció popularmente como la “fortaleza del hambre”– que más tarde sirvió como depósito de municiones hasta que el Ejército se lo vendió al Cabildo insular y éste decidió destinarlo a la función de contenedor de una colección destinada a “promover, reunir y exponer las obras más significativas de la creación artística moderna” siguiendo las directrices, como tantas otras en la isla, del artista César Manrique que dirigió personalmente las obras de su remodelación y acondicionamiento a tales fines. Y es que –y voy ya a lo que iba– lo que menos se esperaba quien esto firma es que nada más acceder a la sala inicial en su propio amplio vestíbulo en lo primero en que se iba a fijar su mirada, frente por frente mismo de su avance, iba a ser en la zobeliana visión de nuestra entrañable jucareña Peña del Caballo, en un primer ¡toma ya! de inmediato aumentado por la contemplación, contigua en ese mismo muro a la citada obra del fundador de nuestro Museo de Arte Abstracto, de una realización, (“Estructura”) de nuestro paisano José María Iturralde, a la que en el propio recinto acompañaban, como de inmediato iba comprobar, otras de Gustavo Torner (“Blanco con agujero y madera de sabina”) y del que fuera conservador de la colección de las Casas Colgadas Jordi Teixidor, en tanto que desde lo alto guiñaba sus metálicos reflejos una escultura de Eusebio Sempere, prólogo de los subsiguientes encuentros en otras de sus estancias con el hacer –éste más lógicamente esperable dada su natal condición de canario– de Manolo Millares, de José Guerrero o, en la bella escalera de caracol del aljibe, de Manuel Hernández Mompó, amén de propuestas plásticas de artistas tan también relacionados con Cuenca por su presencia expositiva en nuestra ciudad como Luis Gordillo, Joan Hernández Pijuan o Eva Lootz… Vamos, ya me dirán si no fue como encontrarme, de pronto y de sopetón, en plena Cuenca solo que en una inopinada Cuenca sorpresivamente asomada al mismísimo océano cuya espléndida belleza se dejaba admirar a través de las amplias cristaleras de la sala inferior donde cuadros y esculturas comparten ámbito con el elegante comedor del restaurante que en ella asimismo se ofrece a quien en el museo se adentra. Cuenca en el Atlántico, vaya, una Cuenca, cual la nuestra en alto, sólo que abalconada no ya a la hoz de nuestro Huécar sino a la inmensidad misma del Atlántico. 

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