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“Nos creemos el ombligo del mundo, pero somos unos yeyés muy provincianos”

Manuel Sánchez, cuyo nombre artístico es DJ K-Sets, tiene en su colección más de mil casetes de músicas populares de Oriente Próximo, el Magreb y el Cáucaso
“Nos creemos el ombligo del mundo, pero somos unos yeyés muy provincianos”
Foto: Saúl García
30/10/2026 - Marina Cazallas

Todo empezó con una radio tirada. Manuel Sánchez, conocido como DJ K-Sets, estudiaba Bellas Artes en Cuenca y atravesaba aquella etapa bohemia en la que un objeto abandonado puede abrir una puerta inesperada. El aparato captaba emisoras internacionales y, entre las ondas, aparecieron las músicas turca, persa, árabe, kurda y armenia. 

El Magreb le quedaba cerca por proximidad. Asia Occidental llegó a través de aquella radio, como una invitación a descubrir otros mundos sin moverse de casa. Aquella curiosidad pronto encontró en el casete su forma de perdurar. Las canciones que llegaban desde otros países dejaron de ser sonidos fugaces para convertirse en objetos que buscar, escuchar y conservar. En 2005, Sánchez pasó unos meses en Turquía como estudiante Erasmus y desde allí visitó Irán; en 2010 viajó a Líbano y Siria. Los desplazamientos ampliaron un mapa musical que también fue construyendo a través de las grabaciones. Hoy conserva  “mil y pico cintas”. Buena parte de esas grabaciones pertenece a lo que él llama música “de gasolinera”: canciones populares y comerciales, alejadas de los circuitos habituales del prestigio cultural.

Le interesa su carácter genuino y lo que revelan de las sociedades que las producen. “La precariedad e incertidumbre es mucha, pero el bagaje histórico y cultural también”.  En búsqueda de más sonidos, recorrió lugares como el barrio de Lavapiés, en Madrid, donde personas migrantes vendían música de sus países de origen, cada casete podía convertirse en una lección de historia. Los artistas estaban vinculados a realidades sociales concretas y siempre había alguien dispuesto a hablar de ellas. La música servía así para mantener vivo el vínculo con un lugar y reencontrarse con ella desde la distancia. También las cintas cuentan historias.

Sus portadas, y desperfectos forman parte de su atractivo: son objetos que han pasado por otras manos y conservan las huellas de su recorrido. Para Sánchez, el casete es “el certificado de autenticidad y el simbolismo".

DJ K-Sets es un proyecto artístico que nace como un tributo a la música popular de países como Irán, Líbano o Siria

 Cada detalle conduce a otra historia, en una cadena que parece inagotable. Su colección reúne cantes judeoespañoles, voces de la música clásica libanesa y persa, bodas sirias acompañadas de sintetizadores, música litúrgica iraní, techno de Teherán, manele rumano y tradiciones del Cáucaso y Asia Central.

En ese universo conviven lo antiguo y lo moderno, lo ritual y lo comercial. No hay una sola manera de sonar ni de vivir en esos territorios. Sánchez también cuestiona las jerarquías que separan las músicas supuestamente sofisticadas de las consideradas vulgares. Su criterio es menos solemne: desde la rumba hasta la orquesta de cámara, todos los géneros contienen grabaciones que merecen ser rescatadas. Reivindicar estos sonidos, sin embargo, puede convertirlos en objetos exóticos cuando se ponen de moda. Por eso defiende que coleccionistas y DJs adquieran conocimientos históricos y geopolíticos para evitar descontextualizarlos.

En sus sesiones, además, adapta la selección a los intereses y sensibilidades de cada público: compartir no consiste en exhibir rarezas, sino en crear conexiones. La música puede tener consecuencias que van más allá de la pista de baile. Conocer las canciones, los bailes y los éxitos comerciales de otros países ayuda, sostiene Sánchez, a reconocer al extraño como propio y a ser “menos susceptibles a la propaganda de guerra”.

Paradójicamente, viajar musicalmente por otras culturas le ha permitido comprender mejor la suya y reconocer una historia universal que va desde Sumeria hasta el presente. Su advertencia al público europeo es tan irónica como contundente: “Nos creemos el ombligo del mundo, pero somos unos yeyés muy provincianos”.

Quizá esa sea la verdadera utilidad de los más de mil casetes de DJ K-Sets. No demostrar que el mundo cabe en una colección, sino recordar que nuestra idea del mundo siempre se queda corta. Basta pulsar el botón de reproducción para que una boda siria, una cantante persa o un ritmo electrónico de Teherán desplacen nuestras certezas. Manuel Sánchez lleva años rebobinando para comprobarlo.