"No hacía falta un barbero más en Cuenca, sino una barbera"
En la barbería de Mónica Plaza no basta con cortar. Primero, hay que saber mirar. El remolino, la dirección del pelo, la forma de la cabeza o cuánto tiempo tendrá el cliente para peinarse por las mañanas. Después llegan las herramientas de un buen barbero, como las tijeras o la máquina, pero antes hay que escuchar.
Al menos, esa es la manera que tiene Mónica, de 34 años, de entender el oficio al que llegó casi de rebote y que, en apenas unos años, terminó convirtiéndose en su lugar. “No es un simple corte, es una experiencia y un asesoramiento personalizado”, explica la dueña de La Barbera, el local que acaba de abrir hace un mes en Cuenca. Su lema lo resume con una frase que es también una declaración de intenciones: "El oficio es de barbero. La mano, de barbera".
Su experiencia se remonta a la peluquería femenina y la estética, campo en el que ha trabajado durante más de quince años. A lo largo de este tiempo, confiesa, no se sentía plena, “no me llamaba la atención y quería hacer algo nuevo”. Ese giro de tirabuzón inesperado llegó con la pandemia. Cuenca, como tantos otros lugares, sufrió el parón del sector y Mónica decidió hacer las maletas. “Me tomé la decisión de ir a Valencia a buscar trabajo, nuevas experiencias y crecer”, recuerda.
Allí estaba Salón 66, una barbería que necesitaba de alguien con conocimientos de peluquería y estética para atender también tratamientos dirigidos a hombres. Mónica entro por sus años de desempeño, pero salió convertida en una profesional de otra categoría. Al frente estaba Óscar Pérez, propietario del salón, a quien ella reconoce como “mi maestro y mentor”. Fue allí donde empezó a descubrir lo que tenía escondido.
“Llegué con la tijera y me gustó mucho poder mezclar los acabados”, cuenta. El cabello masculino le obligó a ampliar sus recursos, a dominar la máquina y la navaja, pero también le permitió reencontrarse con aquello que más le gustaba hacer: cortar. “Con el tipo de peinados que se le hace a hombres, es la herramienta que más utilizas”, dice. La experiencia en Valencia terminó haciendo que la peluquería femenina dejara de ser su destino. Ya empezaba a perfilar lo que sería su vocación. Con los peinados masculinos dio con una combinación que sí funcionaba: el corte, el trato y la posibilidad de asesorar.
Por eso regresar a Cuenca no significó cerrar aquella etapa. Más bien al contrario. Después de trabajar en una peluquería unisex, la necesidad de volver a la barbería siguió ahí. Necesitaba continuar con lo que me sentía completa, que es el peinado de caballero”, confiesa. Cuando se quedó en el paro, decidió que ya no había excusas. “Me lié la manta a la cabeza y dije: ahora es mi momento, es la oportunidad”. Y abrió La Barbera.
En apenas un mes, la silla de Mónica ha visto desfilar un pequeño retrato de Cuenca: niños que llegan con sus padres, funcionarios, jubilados y hombres que, después de probar, empiezan a regresar. Todavía está descubriendo cuál será el perfil de su cliente habitual, pero sí ha detectado qué buscan muchos de quienes cruzan la puerta de La Barbera: que alguien se detenga a mirar su pelo y recibir un asesoramiento más personal, recomendaciones de productos y conocer cómo mantener un peinado.
Su condición de mujer sí forma parte, sin embargo, de la identidad de La Barbera. Mónica juega con ella, incluso con cierta provocación: “No hacía falta un barbero más en Cuenca, sino una barbera”, dice. No quiere convertirlo en una guerra de sexos, sino reivindicar que también hay mujeres detrás de una navaja, una máquina y unas tijeras.
Por ello, aconseja a aquellas personas que estén barajando la posibilidad de dedicarse a esto, sencillamente, “que miren otros horizontes” y, añade, “recomiendo que pierdan el miedo, que hagan trasquilones si hace falta”. Pues, al igual que ella, se fue a Valencia y volvió a Cuenca para encontrar su sitio, anima a todos a que busquen el suyo.