Bárbara Rodríguez, una matea de corazón
Hay recuerdos que tienen olor. Y para Bárbara Rodríguez Panadero (Cuenca, 1990) algunos de los recuerdos más bonitos de San Mateo huelen a serrín. Aquel que cubría la Plaza Mayor y que se mezclaba con el resto de aromas de la fiesta. “San Mateo ya no huele igual”, dice, aunque sabe que ahora es más higiénico y seguro. Y entre esos recuerdos están la visita a las cuadras con su tío, estar pendiente de sus primos, que son maromeros, pero sobre todo, está el balcón de la casa familiar de la Plaza Mayor desde donde comenzó a mirar la fiesta cuando todavía era una niña.
Allí subía a merendar y pasaba las tardes. San Mateo, dice, se veía entonces de otra manera. Y entre esos recuerdos están las verbenas en la Plaza de Ronda, cuando apenas había gente y los niños podían sentarse en los taburetes mientras los padres se tomaban algo tranquilamente. “No había prácticamente nadie”, recuerda. Después, la fiesta cambió de escenario, la verbena llegó a la Plaza Mayor, desapareció el desfile de bajada y, poco a poco, fueron llegando más personas. Ahora la imagen es muy distinta. Jóvenes, niños, turistas y grupos que llegan a Cuenca para pasar el fin de semana. Ha visto crecer San Mateo y ella ha crecido también. “Llevamos unos años diciendo que San Mateo ya no es nuestro, que ya no es de los conquenses”, cuenta. Pero hay algo fundamental que todavía permanece: la vaca. Y es que, alrededor de ella surge todo lo demás.
A los 15 años Bárbara decidió apuntarse a su primera peña. Estuvo dos años y después entró en La Clementina, la peña de la que forma parte actualmente. Su relación con la fiesta, sin embargo, iba a dar otro paso unos años después. En 2016, cuando terminó la vaquilla y tocaba renovar la junta directiva de la Asociación de Peñas Mateas, Javier Benayas la llamó para ofrecerle entrar. Por aquel entonces trabajaba y estudiaba y tenía claro que formar parte de una asociación como esta no podía ser algo a medias, por eso decidió ser vocal. Desde esa primera llamada de Javier Benayas han pasado ya diez años, cuatro como vocal y seis como vicepresidenta. Ahora, desde dentro, San Mateo “se ve de otra manera” porque, más allá de subir a la Plaza y disfrutar, está el teléfono que suena, la documentación que hay que preparar, las reuniones, las actividades, la organización y la responsabilidad de que todo funcione. Y es que Bárbara no vive la fiesta únicamente entre el 18 y el 21 de septiembre. Lo hace durante todo el año.
La Asociación de Peñas Mateas tiene tres grandes proyectos: su vinculación con la Federación del Toro de Cuerda, Cuenca Histórica y San Mateo Infantil. Detrás de cada uno hay trabajo que muchas veces "no se ve". Congresos, galas, programación, carteles, trípticos, vestuario, actividades, carretones, juegos populares, el pregón infantil. “Mucha gente no sabe todo el trabajo que hay detrás”, subraya. Y dentro de todo ese trabajo hay una preocupación que se repite. “Que la fiesta sea segura”, dice. Por eso insiste en que todo el mundo “tiene que poner de su parte” a la hora de ponerse delante de la vaca. “Todos tenemos que ser responsables”, pide.
Y cuando este día, 21 de septiembre, el sentimiento que le queda es “nostalgia”. Para ella, San Mateo acaba con la traca del día 21 y es entonces cuando, después de tantos días pendiente de todo, se relaja. “El día 22 nunca sé muy bien qué hacer porque echo de menos subir a la Plaza Mayor”, broma. La calma, sin embargo, dura poco. En octubre vuelven las reuniones y, casi sin darse cuenta, toca empezar a preparar la gala del Toro de Cuerda, que suele celebrarse en febrero. El calendario vuelve a girar. Y entonces llega septiembre otra vez y San Mateo vuelve a empezar. Eso sí, después de toda una vida viviendo San Mateo, Bárbara no necesita demasiadas palabras para explicar qué significa esta fiesta para ella. “Son reencuentros, convivencia, familia”. Pero para ella, la fiesta es, sin duda, de los “mateos de corazón”, aquellos que viven la celebración con la misma intensidad que ella.