“Nuestra sociedad necesita menos TikTok y más conversación”
Su primer monólogo tuvo como recompensa una cerveza y un bocata de chorizo. Un amigo le propuso actuar en la carpa de sus padres durante una feria y Jesús Arenas se animó a preparar un texto. Quince años después, aquel estreno tiene su lugar en la historia de un cómico que ha construido su carrera desde Castilla-La Mancha y mantiene una estrecha relación con Cuenca. ‘Estival Cuenca’ fue uno de los primeros encuentros que confiaron en él y, desde entonces, ha regresado para actuar y tocar en citas como la Semana Santa y San Mateo. Nacido en Villarrobledo en 1986, acaba de cumplir cuarenta años y reúne buena parte de ese recorrido en “Campechano”. Humor, música y vida de pueblo para volver a encontrarse con un público al que siente muy cercano.
¿Qué significa para Jesús Arenas ser campechano?
Ser llano, ser cercano a la gente. Le puse este nombre porque creo que era la palabra que más me repetían cuando terminaba de actuar: “Has sido muy campechano, nos hemos sentido muy identificados contigo”. Este espectáculo es un resumen de los quince años que llevo actuando. He cogido lo mejor de un sitio y de otro. Siempre lo uno mucho a mi vida real: cuando vienes a verme, te enteras de verdad de lo que me pasa. No hay mucho de ciencia ficción.
¿Qué se encontrará el público de Cuenca en el teatro?
Meto cosas de música, el clarinete e interacción con la gente, que siempre me gusta. Habrá detalles solo para Cuenca porque estamos muy unidos. De los primeros sitios que confiaron en mí fue Estival Cuenca y casi todos los años paso por allí. Además, tampoco hay mucha diferencia entre ser de Villarrobledo o de Motilla del Palancar. Habrá anécdotas y un análisis de lo que es vivir en un pueblo y en una gran ciudad.
Lleva unos cuatro años con ‘Campechano’. ¿Qué balance hace de todo este tiempo?
Estoy muy contento. Un espectáculo necesita acomodarse: nace con una idea y, conforme lo vas haciendo, hasta que no pasan dos años no está donde tú querías. Ahora lo tengo totalmente cerrado. Las diferencias son las interacciones con el público y los detalles para cada sitio, pero la estructura es la misma. Mucha gente en Cuenca ha seguido mi camino y va a ver un desarrollo. Ahora también estoy yo, como el espectáculo, madurado.
La presentación del show habla de vivir “como un rey”. ¿Cuánto hay de autobiográfico?
Hice un doble chiste. A mí me decían que era muy campechano y el adjetivo que más ha recibido nuestro exrey, Juan Carlos, también era ese. Tengo cuarenta años y sigo viviendo muchísimo con mi madre: eso es vivir como un rey. Como es un reflejo de estos quince años en el escenario, también es un poco humor emérito. Hay algún detalle para “Juancar” y la familia real porque, como todo, da lugar a la comedia.
¿Cómo evita convertir la vida rural en una caricatura?
No soy partidario de que se haga casi burla de nuestra forma de vida. Resalto las bonanzas de vivir en una casa con patio y corral y no en un piso de veinticinco metros y creer que eres el amo. No solo las cosas materiales, también lo que te da haberte criado en un pueblo, esa libertad. Hay que resaltarlo desde el humor, dejando por encima que estamos muy orgullosos de lo que somos. Soy lo que soy gracias a de dónde vengo.
¿Qué experiencias de Madrid ha incorporado al show?
Arranqué el espectáculo cuando vine hace cuatro años. Ha adquirido mucho de esa comparación porque me han ido pasando cosas. Apuntarte a un gimnasio o tomar un café no tiene nada que ver con cómo lo hago en Villarrobledo. Aquí pides un café y hay siete especialidades y quince tipos de leche. La ciudad va más rápida. Empecé hablando más del pueblo, de mi niñez, y ahora tiro hacia lo que me ha pasado estos últimos años.
¿Qué costumbre manchega defendería siempre?
La vida social. Para lo bueno y para lo malo, en un pueblo te sientes más respaldado. En Madrid hay una impersonalidad bastante grande, una independencia que algunas veces da miedo. Parece que si te pasa algo no se va a enterar nadie. Sentarte en un banco y echar dos horas de charla o de silencio sin que sea incómodo, esas noches al fresco donde contabas lo bueno y lo malo, criticabas, pero también se apoyaba. Nuestra sociedad necesita menos TikTok y más conversación.
¿Por qué necesitamos el humor en nuestras vidas?
Con este amasijo de noticias, si coges el móvil, pones la radio o la tele, te entran malas vibraciones. El humor es una vía de escapatoria, de rebajar tensión. Eso no quiere decir que no seas reivindicativo o no te preocupen las cosas. Cuando se habla desde el humor de vivienda o salud mental estamos más cerca de encontrar una solución que cuando son temas que no se pueden tocar. No se llega a la solución de algo que no se conoce.
¿Qué papel tiene la música?
Lo primero que fui fue músico, desde los nueve años. Mi madre era limpiadora en la escuela de música y después del colegio iba a estar con ella y hacía allí los deberes. Veía ensayar a profesores y alumnos y aquello me caló. Después descubrí que el humor era la herramienta que más me llenaba en el escenario, pero soy músico. En “Campechano” empiezo con música porque activa a la gente sin tener que hablar. Llega directamente al corazón.
¿Se puede construir una carrera humorística desde nuestra región?
Soy un ejemplo. Hace años que vivo de esto y todo mi inicio fue en Castilla-La Mancha. Vine a Madrid cuando ya podía vivir de ello, gracias a muchos pueblos y ayuntamientos que confiaron en mí. Vine buscando lo que me faltaba: clubs de comedia donde puedes actuar un martes o miércoles y abordar otros temas. Mi carrera nació en nuestra tierra.
¿Qué les dice a los conquenses que están pensando en ir?
Que vengan al teatro, que se van a ir con la cabeza más ligera de problemas. Me encanta que sea un martes: tenemos asimilado que las risas llegan el fin de semana. Pues no, también en mitad de la semana. He estado en San Mateo, en Semana Santa, diez mil veces allí. Ahora me tiene que visitar la gente a mí.