“A veces necesitas escapar de tu tierra para poder quererla bien”
Querer a la tierra de uno y encontrar un camino propio. Entre esas dos aspiraciones se mueve ‘Bautismo de Gigüela’, que llega al Auditorio de Cuenca el viernes 16 de octubre, a las 20:30 horas. Hablamos con Alberto Novillo, actor y cocreador de esta propuesta que entrelaza música, danza y teatro. Natural de La Puebla de Almoradiel, compartirá escenario con Javier Losa, de Pozohondo, e Inés Cruz, de Campo de Criptana, que sustituye a Elisa Ortiz tras su reciente maternidad.
¿Qué encontrará el público de Cuenca en ‘Bautismo de Gigüela’?
Un espectáculo musical que combina música en directo, danza y teatro contemporáneo. Habla de La Mancha, de la identidad manchega, y pone encima de la mesa una pregunta: ¿qué hacemos con la tradición? Si es algo que está sujeto en el tiempo, que no se mueve, o si podemos transformarla. Esa pregunta atraviesa la propuesta y el trabajo que hacemos sobre el escenario.
¿Qué significado tiene el río Gigüela dentro de esa reflexión?
Es un afluente del Guadiana y el río que pasa por el pueblo de mi compañera Elisa Ortiz y el mío: somos de La Puebla de Almoradiel. Dentro de la obra usamos el río como elemento metafórico en relación con la tradición. Defendemos que está en plena transformación y que, como el agua de un río, cuando te metes no te bañas dos veces en el mismo río. Es imposible mantenerla fija: el contexto social, económico y político, las dificultades y cómo avanza la vida contribuyen a transformarla.
¿Cómo nació el proyecto?
El proyecto se gestó en diciembre de 2023. Elisa y Javi, mis compañeros, son músicos: él es violinista y ella, violonchelista. Tienen un grupo, Duz, con el que hicieron una investigación sobre la música popular manchega. Yo llevaba tiempo trabajando en La Mancha, dirigiendo teatro, dando clases en escuelas y organizando un festival en mi pueblo. Teníamos muchas ganas de trabajar juntos, principalmente Elisa y yo, que somos amigos. Me propusieron hacer algo a partir de la música que habían investigado y reunir las tres disciplinas. También bailo danza española desde pequeño y soy actor. Sabían del trabajo que estaba haciendo allí y la propuesta surgió de esas ganas de encontrarnos y de poder crear juntos.
¿Qué buscabais al investigar ese repertorio con sus instrumentos?
Queríamos comunicar nuestra música popular a través de sus instrumentos. El violín sí se puede escuchar un poco más en las rondallas, pero el violonchelo no. No son los instrumentos típicos que podemos escuchar en ellas. De esa intención nació Duz, su grupo, y esa investigación musical fue la semilla del espectáculo. Los tres somos cocreadores de la obra y queríamos juntar la música, la danza y el teatro para hacer algo original.
¿Cuánto hay de Alberto en Ángel, el personaje que interpretas?
La obra tiene muchos elementos autobiográficos, tanto en Ángel como en los personajes de mis compañeros, que, además de músicos, son actores. Interpretamos a un grupo de amigos que intenta crear sobre el escenario usando como base la tradición, pero llevándosela a su terreno. Hicimos un periodo de investigación con Sergio Martínez Vila, dramaturgo y director. Entre todos contamos experiencias: qué era para nosotros La Mancha, qué significaba decidir quedarse a vivir en el pueblo o no hacerlo, nuestras contradicciones, nuestros amores y nuestros odios con la tierra. Sí, hay mucho de Alberto en Ángel. En nuestro caso hablamos de la tierra manchega y de lo que significa para cada uno de nosotros, con todo lo que eso tiene de contradictorio.
¿Se puede querer la tierra y necesitar cambiar algunas de sus costumbres?
Sí, porque quizá la tierra donde uno nace es limitante, pero tienes la condena y, a la vez, la fortuna de ser de un lugar. Está ahí la lucha de esa contradicción entre el amor y el odio. Muchas veces la tierra tira hacia abajo, hacia la profundidad, hacia la raíz, e intenta que seas uno más de esa sociedad. Cada persona tenemos nuestra individualidad y nuestros talentos, y a lo mejor la tierra no los acoge como debería, desde la diversidad. Aunque quieras mucho a tu tierra, algunas veces necesitas escapar de ella para poder quererla bien.
¿Qué puede conectar especialmente con los espectadores de una provincia como Cuenca?
Principalmente la música. Mis compañeros son unos grandes profesionales y es muy bonito escuchar la música popular con solo esos dos instrumentos. No estamos habituados a ello. Escuchar una jota o un fandango con el violonchelo, que es un instrumento de cámara, no de una rondalla, pone el vello de punta. También pueden conectar las referencias, el lenguaje que usamos, la manera de explicarse los personajes y, sobre todo, las emociones que surgen del texto y de la historia de Ángel.
¿Cuál es la encrucijada que vive ese personaje?
Es un hombre dividido entre lo que la tierra le marca que tiene que hacer, dedicarse al campo, y su sueño, que también es su profesión: dedicarse al arte, al mundo del espectáculo. Esa dicotomía puede conectar con la gente. Creo que todo el mundo, tanto aquellos a quienes se les ha pasado por la cabeza y no lo han hecho como quienes lo hemos hecho, puede reconocer ese momento de decidir si me quedo o me voy para tener un futuro mejor. Porque siempre que te vas es para tener, supuestamente, un futuro mejor. La historia habla precisamente de esa decisión de quedarse o marcharse.
¿Qué reacciones les está trasladando el público cuando terminan de ver la obra?
El día del estreno mucha gente salía emocionada por el espectáculo, por lo que transmite Ángel, por las diferentes personalidades de sus amigas, Elisa y Javi, y por el equipo que hacen. Debaten sobre querer contribuir a mantener las tradiciones, sin renunciar a ellas, pero teniendo el derecho de formar parte. En algunos momentos puede parecer que, si no te ajustas a las cuatro paredes que te marca la raíz, la tradición, y te sales un poquito, ya no formas parte. Con eso la gente también se puede sentir muy identificada. Es lo que defendemos cuando hablamos de transformación: partir de la tradición y poder llevarla también a nuestro terreno.
