La Semana Santa es arte, tradición y devoción, y también es el noble y antiguo arte de saber esperar de pie en la acera a que llegue el cortejo procesional. Para esos momentos en el que el sonido de las trompetas y tambores de la banda de la Junta de Cofradías aún es un eco lejano no hay mejor salvavidas terrenal que el picotero.
Un puñado de pipas, unas patatas fritas y, sobre todo para los más pequeños, una bolsa de chucherías dan el combustible necesario para aguantas horas y horas de pie. Bien lo sabe Marta Ortega, gerente de la tienda Chuchelías Marta, quien destaca que un dulce a tiempo tiene el poder casi milagroso de amenizar la espera, levantar el ánimo y abrir a los niños una sonrisa de oreja a oreja con sus dulces.
Vive estos días a contrarreloj, rodeada de bolsas, caramelos y encargos que no dejan de crecer. “Este año estoy a tope”, explica Marta, que afronta su segunda Semana Santa al frente del negocio, pero la primera en la que su nombre ya corre entre hermandades y clientes. Si el año pasado apenas empezaba, este ya maneja cifras importantes, toda vez que le han encargado más de 1.000 bolsas de chuches en apenas unos días.
Ha recibido encargos de una decena de hermandades, detalla, mientras reconoce que el trabajo se multiplica conforme se acercan las procesiones. No solo prepara bolsas para niños: también hay encargos para mayores, desde cajas de chicles hasta bolsas específicas de caramelos.
Cada bolsa es distinta, adaptada al presupuesto de cada hermandad, pero todas comparten un elemento estrella: la piruleta con forma de nazareno. “Es lo único específico de Semana Santa que hay ahora mismo”, explica Marta, que trabaja con proveedores de Sevilla para conseguir este producto tan particular.
Las hay de fresa, manzana, mora o frambuesa, y además buscan reflejar los colores de las túnicas y capuces. “Intentamos enfocarlas a los colores de las hermandades”, señala. Un detalle que no pasa desapercibido y que ya ha conquistado a los más pequeños. “Algunos niños han venido buscándolas después de probarlas en las procesiones”, añade.
Pero más allá del dulce, hay algo que no cambia con los años: la ilusión. “Yo siempre he visto repartir chuches en las hermandades antes de las procesiones”, recuerda Marta, que defiende esta tradición como una parte más de la Semana Santa. Para los niños, recibir una bolsa no es solo un regalo, es casi un momento esperado. “Les motiva saber que van a recibir su bolsa”, afirma.
Incluso hay espacio para la sorpresa. Marta intenta incluir en cada bolsa una chuche nueva, algo que no se haya probado antes. “Siempre introduzco alguna en primicia”, explica, buscando que cada bolsa tenga ese pequeño factor sorpresa.
Detrás de todo esto hay muchas horas de trabajo. Incluso en su día libre, Marta sigue en la tienda. “Si no, no llego”, reconoce. La Semana Santa, para ella, es sinónimo de esfuerzo, pero también de satisfacción. “Cuando ves la cara de los niños o simplemente cuando vienen a recoger las bolsas, eso ya hace ilusión”, señala. Porque, al final, su trabajo va más allá de vender chuches. “A mí me hace ilusión formar parte de alguna manera de la Semana Santa”, asegura.
Mientras tanto, la tienda se prepara para días intensos. No cerrará, ni siquiera en jornadas en las que normalmente lo haría. Porque en Cuenca, entre procesión y procesión, hay algo que nunca falla: un puñado de pipas, una bolsa de chuches… y la espera que, gracias a pequeños detalles como estos, se hace un poco más dulce.