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Caen en más de un 95 por ciento las adopciones internacionales en Cuenca

En estos momentos 14 familias conquenses esperan para adoptar

Caen en más de un 95 por ciento las adopciones internacionales en Cuenca
Ana Isabel Buendía con su hija Maina que llegó de La India el año pasado
6/10/2017 · Nuria Lozano

Catorce familias conquenses están esperando a día de hoy para adoptar niños. Un tiempo de espera muchas veces largo y no exento de dificultades que no siempre tiene el final deseado. El dato más llamativo a nivel nacional ha sido la brusca caída de las adopciones internacionales. Datos que tienen su reflejo en las estadísticas de nuestra provincia. Si de 2004 a 2007 hubo 155 solicitudes de adopción internacional en Cuenca, en 2006 tan solo hubo 5 mientras que en lo que va de año son 2.

Entre el año pasado y éste solo se han formalizado tres adopciones de niños procedentes del extranjero. El descenso en la última década alcanza el 95 por ciento tras unos años en los que hubo un auténtico boom, especialmente en 2004 y 2005.

La directora provincial de Bienestar Social, Amelia López, explica que las causas de esta acusada bajada son variadas. En primer lugar, se debe a los cambios legislativos y a las medidas proteccionistas de los países emisores. “Muchos han mejorado su nivel socio-económico y ofrecen más garantías para proteger a los menores y prefieren que se queden en sus países de origen”, señala.

Por ejemplo, China sólo permite ahora la adopción de niños con necesidades especiales o de edades avanzadas a las parejas occidentales. Entre estas necesidades especiales se tipifican niños mayores de 10 años, grupos de tres o más hermanos; niños con discapacidad física o mental; o con enfermedades graves o riesgo hereditario.

Etiopía, por su parte, tomaba la decisión hace unos meses de suspender definitivamente todas las adopciones con el fin de dar soluciones en hogares etíopes a los casos de abandono de menores.

Pero también la crisis económica que comenzó a acusarse en España en 2007 ha hecho mella. “Aunque el Gobierno actual ha eliminado las tasas que antes existían, adoptar conlleva muchos otros gastos, de gestión, desplazamientos y estancias en el país de origen, o la propia crianza de los hijos, que muchos padres no pueden asumir”.

Otra posible causa es el salto cualitativo que han dado las técnicas de inseminación artificial, por lo que parejas que no podían tener hijos y que optaban por la adopción han podido ser finalmente padres de forma natural.

La realidad es que muchas familias no llegan hasta el final debido a que los requisitos de los países emisores son cada vez más duros, como es el caso de China

UN CAMINO DURO

La adopción internacional implica un camino a veces duro para los solicitantes. Lo sabe muy bien Alicia Melero, jefa de servicio de Menores de la dirección provincial de Bienestar Social y responsable de los procesos de adopciones en Cuenca. Por eso, indica, “nunca hablamos de tiempos de espera”. Y es que entran en juego muchos factores, como las expectativas de la familia, lo que el país de origen considere como adoptable, o factores políticos que pueden desembocar en guerras civiles, como ha sido el caso de Mali, que impiden que todo llegue a buen puerto. En el caso de los citados menores con necesidades especiales los tiempos sí se acortan considerablemente.

La realidad es que muchas familias se quedan a medias debido a que los requisitos de los países emisores son cada vez más exigentes. Ya casi ninguno abre sus puertas a la adopción de bebés o a parejas monoparentales, aunque sí hay apertura en el caso de niños más mayores o con necesidades especiales.

China, donde junto a Rusia se han formalizado históricamente más adopciones en Cuenca, exige desde 2006 un mínimo de 10.000 dólares de renta por unidad familiar (unos 8.400 euros) y otros 80.000 en bienes (unos 67.100 euros), así como un mínimo nivel académico. Ello ha hecho que en los últimos años los conquenses se decanten más por adopciones en países africanos o en La India.

Alicia Melero comenta que lo más difícil para las familias en todo este proceso es el tiempo de espera, la incertidumbre, la desesperanza cuando se cierra el país elegido y hay que empezar de nuevo, o la historia que arrastran detrás algunos de los pequeños, muchas veces de malos tratos o abusos.

Hay que mencionar que mientras las adopciones internacionales han caído de forma estrepitosa, las nacionales se mantienen e incluso se han equiparado. Si en el periodo 2004-2007 hubo 11 solicitudes nacionales- frente a las 155 internacionales ya mencionadas- el año pasado las distancias se recortaron considerablemente con 3 solicitudes nacionales, frente a las 5 internacionales.

En cualquier caso, y como señala Melero, lo importante en estos procesos “es encontrar la mejor familia para los niños, no el mejor niño para la familia”.

ANA ISABEL Y MAINA: UN EJEMPLO DE FAMILIA

Problemas ginecológicos de salud y el no tener una relación sentimental estable, es lo que llevó a Ana Isabel Buendía a dar el paso de adoptar, aun siendo madre soltera. Empezó el proceso en 2014 y el tiempo de espera no llegó a los dos años, por lo que se considera afortunada. “Elegí la adopción internacional porque la nacional suele demorarse 7 u 8 años al haber menos niños adoptables”.

Entre la lista de países posibles se decantó por La India “porque era de los menos difíciles y restrictivos”. Allí, en un orfanato, la esperaba Maina, de 8 años, y que por cierto celebra su cumpleaños el 1 de junio, día de la Virgen de la Luz, la patrona de la que hoy es su ciudad.

“Es un momento con una enorme carga emocional y psicológica, lloramos mucho”, narra Buendía, quien reconoce que sufrió al dejar allí a otras 30 criaturas que viven en un entorno de suma pobreza. “Me los hubiera traído a todos, se te parte el corazón”, dice.

A pesar de este momento tan complicado, saca la parte más amable y es que era la primera vez que daban en adopción a un niño en ese orfanato y fue una auténtica revolución mediática. A recibirla acudieron medios de comunicación, autoridades locales, vecinos… “me bajé del coche y aquello era como el estreno de una película en la Gran Vía”. Un año después, Maina se ha ido soltando poco y poco y está plenamente integrada.

Su madre y ella estarán sometidas a un seguimiento por parte de los servicios sociales durante dos años, que es lo que dicta el país, por lo que Ana Isabel tiene que mandar periódicamente fotos y escritos contando cómo está la niña. En un futuro, cuando la niña sea más mayor no descarta volver a viajar a su país natal para que no pierda el contacto con sus orígenes. A pesar de que todo fue relativamente rápido el proceso de adopción no ha sido un camino de rosas para esta madre soltera. Según dice, “he tenido muchos momentos que pensaba en tirar la toalla, sobre todo al principio”. Y es que los continuos tests, entrevistas, visitas de los servicios sociales, cursos y, por encima de todo, el papeleo y las gestiones “supone un golpe y un ajetreo que no esperas”. Por eso, continúa, “lo primero que te dicen en Bienestar Social es que te armes de paciencia y te lo repiten bastante”.

Al final pudieron sus ganas de ser madre y de luchar por algo en la vida, aunque recalca que “esto no es ninguna obra de caridad como mucha gente te dice, responde a un ansia de ser mamá y desarrollarte como persona”.

Con el aspecto que se muestra más crítica es con el económico. En su caso, la adopción de Maina le ha supuesto un desembolso de unos 18.000 euros. “Te piden certificados médicos, de Hacienda, penales… que hay que pagar y tienen una caducidad de seis meses y cuando los tienes que volver a pedir hay que pagarlos de nuevo o cartas de recomendación de amigos y familias que hay que presentar ante notario con traducción jurada y la apostilla de La Haya (anotación que certificará la autenticidad de la firma de los documentos públicos expedidos en un país firmante del XII Convenio de La Haya, de 5 de octubre de 1961)”. A lo que se suman desplazamientos, estancia en el país de la niña y el pago de la ECAI (entidad colaboradora de adopción internacional) que es de unos 3.000 o 4.000 euros.

“Nadie te obliga a adoptar, pero también es cierto que no hay ninguna ayuda por parte de las administraciones, ni apoyo ni deducciones fiscales de ningún tipo ni siquiera por ser madre soltera”.

Con todo, Ana Isabel no cambia esta experiencia por nada y Maina y ella ya son una verdadera familia.

UN PROCESO QUE EXIGE PACIENCIA

En cuanto al proceso de adopción internacional, cualquier pareja o familia monoparental que decide dar el paso debe acudir a los servicios provinciales de Bienestar Social donde, antes que nada, reciben una charla informativa. Asimismo, se les entrega información detallada con las características de cada uno de los países.

Después deben rellenar una solicitud escogiendo el país emisor y las características del niño a adoptar- solamente se puede indicar el rango de edad, número de hermanos o las necesidades especiales, nunca discriminar por sexo u otros aspectos-, y se someten a una fase de valoración en la que intervienen psicólogos y técnicos. Reciben también un curso de formación de 16 horas. Se valora en especial la motivación de la familia, su historia de pareja, y que su decisión no responda a una manera de solventar un problema “sino a la necesidad de querer formar una familia”, explica Alicia Melero, jefa de servicio de Menores de la dirección provincial de Bienestar Social.

Tras estas pruebas es la Comisión Provincial de Tutela y Guarda de Menores la que propone si la familia es idónea o no, y lo eleva a la Comisión regional para su resolución.

Con la idoneidad en la mano, ya se puede comenzar el procedimiento de adopción que puede ser a través de una ECAI (entidad colaboradora de adopción internacional) o por protocolo público, es decir, cada interesado por su cuenta. “La opción de las ECAI’s es más costosa, pero más cómoda, mientras que la segunda requiere más esfuerzo”. En Cuenca, la mayoría de adoptantes opta por la entidad colaboradora. Tras la adopción, se realiza un seguimiento que incluye visitas domiciliarias. Desde Bienestar Social también tienen programas de asesoramiento y median en caso de que surjan problemas, más frecuentes en la época de la adolescencia.

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