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Opinión

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Orión


23/5/2022

Tiempo y prisas

Cuando tuvimos noticia de la existencia de los episodios de espionaje practicados sobre un nutrido grupo de personajes de la vida política española todos nos echamos las manos a la cabeza con estupor, rabia o preocupación.

La información venía sin devastar. No hay matices en una primicia periodística. La prisa coloniza el espacio de la información, minimiza o maximaliza la importancia social del mensaje según el interés que mueva a quien lo traslade y banaliza el contenido del discurso que siempre debe estar fundamentado en el análisis.

La urgencia, la prisa, se han convertido en los grandes ídolos. Hemos asumido socialmente la inminencia como un código de conducta y estamos pagando por ello un alto precio. La precisión, el argumento anclado a la comprobación de la veracidad y a los matices de lo informado sucumbe ante la necesidad de dar satisfacción a la curiosidad por encima del interés por conocer la verdad.

¿La verdad? Hemos leído recientemente en un poema una sentencia que dice así: “Aspira a convertirse en signo de los tiempos// la simpleza // y el paisaje borroso eclipsa la luz de la razón”.

El precio que estamos pagando es la imprecisión, la simpleza, y la consecuencia de ello es la merma de la confianza. En el sistema, en nuestras relaciones.

Nos estamos acostumbrando a trasladar a nuestras vidas “el tiempo de la información” como tiempo de vida y naturalmente en esa dialéctica florece la contradicción. También en la vida política.

¿Qué versión asumo?¿Me creo lo que dicen unos o la antítesis mantenida por los contrarios en mensajes de trazo grueso en ambos casos?¿Esto es una anuncio o se trata de un hecho consumado?¿Cómo es posible que lo anunciado tarde tanto tiempo en convertirse en acto verificable?

Volvamos al principio, formulado a modo de ejemplo.

Todos sabemos de la existencia de las llamadas “cloacas del Estado”.

Una cloaca viene definida en el diccionario como un conducto para aguas sucias e inmundicias para ser trasladadas a la depuradora.

También como el lugar en el que desembocan (en algunos vertebrados) vías urinarias, digestivas y genitales.

Son lugares oscuros y ocultos pero en los que rigen las leyes de la naturaleza. Y ese es el campo de trabajo también de los espías, cuyas acciones están sometidas a las leyes. Ocultación, secreto no es sinónimo de impunidad ni ley de la selva como única pauta de comportamiento. Investigar ese ejercicio exige un tiempo que es el de la investigación y de la judicatura. Incompatible con el del concepto de prisa, de tiempo para la primicia informativa, de tiempo para la condena sumarísima, para el mensaje populista.

Trabajar en ese espacio sin mancharse y depurando es el reto. Hacerlo además sin servir intereses espurios es la excelencia. Pensamos que merecen un juicio crítico reposado.

¿Por qué en un tema tan sensible no dejamos que la Justicia haga su trabajo con rigor y garantías?¿ No será porque al asumir “el tiempo periodístico “como medida y paradigma social hemos asumido también uno de los postulados más cínicos del periodismo ramplón, aquel que dice “no dejes que la verdad te arruine un buen titular”?

Hoy más que nunca nos horroriza el tiempo del silencio. Una pena.

Queda dicho.

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