Sergio, absorbe
El montañero caminaba incómodo. Después de horas de subidas y bajadas, de piedras sueltas y caminos duros, las botas de montaña se hundían en la arena húmeda de la playa. Encontró un lugar que le convenció, a mediana distancia de otras gentes, de la orilla, de los ruidos. En esa tarde soleada, algo fresca, no eran tantos los que estaban allí destacados.
Se aligeró de ropa para estar a tono con el resto de los acampados. Y como acto final, se dejó caer encima de la toalla dejando escapar por todos los poros el cansancio de varias horas por las trochas. Quedó varado como si fuera una foca monje que hubiera peleado unas cuantas horas contra las mareas.
Mayo a primera hora de la tarde. El mar estaba plano, liso, un descomunal espejo del que salían miles de destellos cada segundo. Las gaviotas correteaban alrededor y picaban en el suelo buscando alguna lombriz o un berberecho.
El tipo se iba abandonando y entonaba con la desidia general. Cuando se cierran los ojos, otros sentidos parece que se avivan o así se lo enseñaron en la escuela. Comenzó a percibir sensaciones en las que no había reparado. Olía a fritura de pescado; a esas horas algunos todavía comían y se preparaban para la larga tertulia que arreglaría todos los males del país.
También llegaba transportada por el aire algo de música. Un disc jockey en un chiringuito mezclaba estilos para dar gusto a la variada concurrencia de ese tardeo: nostalgia, pop, chill. Sin estridencias.
De repente, a pocos metros, escuchó con voz de mujer:
—¡Vaya pedazo moco, Sergio. Anda, absorbe!
Silencio durante varios segundos. El expedicionario quedó en modo de alerta como si estuviera en una trinchera esperando movimientos del enemigo. Sí, lo había escuchado bien. Siguió vigilante porque semejante declaración no podía quedar así. O se reforzaba o tendría réplica. Pero no hubo nada.
Con disimulo giró la cabeza para ver a los que componían la escena. Solo podían ser ellos, por la cercanía, los protagonistas. Una familia, con aspecto tradicional, de esas de padre, madre y dos hijos, chico y chica, de aspecto adolescente. Mediana edad.
El que debía ser Sergio, con la que debía ser su madre, se disponían a jugar a las palas. Del ectoplasma que había aparecido en la nariz, ni rastro.
El relax terminó para el senderista. Siguió tumbado, pero la cabeza le empezó a funcionar. Como también es padre de familia, hubiera aplicado el principio de mejor fuera que dentro. Y ya sería cuestión de dónde acababa el alienígena, si en un pañuelo de papel o en el inmenso mar. Un poco cochino, lo sé. Pero la salud de los tuyos es lo primero.
Por tanto, la primera reacción que le brotó fue de crítica: ¿Cómo le decía al muchacho que devolviera al interior lo que pugnaba por salir? ¿Y si le causaba algún daño? ¿O dependencia por reiteración de consumo?
Pero allí, en aquel estado de casi letargo, reparó en algo más profundo. Quizá la madre aleccionaba al chaval. Era una lección práctica de economía doméstica: guardar para cuando no haya.
Esa madre, igual que ese padre, saben que esos valores han caído en desuso. No se educa en pensar en un mañana, en una mala racha, incluso en poder echar una mano. Y de ejemplos, mejor no hablar.
Esa madre, todas las madres, son sabias. Aprovechó la coyuntura para una lección de microeconomía, válida para el día de mañana, que nunca se sabe.
Nota: Suceso acontecido en las arenas de una playa de España. Así me lo contó el montañero.