Futuro ayer
El deseo de conocer el futuro es, seguramente, una de las aspiraciones más antiguas del hombre. Y, por casualidad, estos días he descubierto que tengo la capacidad de ver el futuro. Y todo, gracias a mi madre. Las madres siempre son iluminadoras.
El lunes tuve que llevarla al médico y, durante el trayecto en coche, se lamentó por no poder encender la tele, ya que había muchos incendios. Yo, Quijote fracasado y redundante, lejos de intentar consolarla, le dije que en los próximos días se diría aquello de que los incendios se apagan en invierno, se recordaría la huelga de los bomberos forestales y todo el mundo hablaría de héroes. Mi madre no quedó muy convencida y pasó del lamento al júbilo por el hecho de que nos hubiesen adelantado la cita a las diez y cuarto. Yo, redundante y pleonasta, le advertí que no cantase victoria, que lo más probable es que hubiese retraso. Llegamos a la consulta a las diez y salimos a la una menos diez. Así es como aprendí que conozco el futuro.
A la mañana siguiente, pleonasta y tautológicamente, en la residencia, otra vez acompañando a mi madre, escuché a una afable anciana cómo le contaba a uno con un chaleco de la Cruz Roja que su compañera de habitación, imagino que en una residencia en su pueblo, se enfadaba porque le gritaban «roja». Y que otra compañera, que leía muchos libros, le había contado que los rojos se habían quedado con las casas de la gente bien y deseaba que ojalá la hubiesen asesinado. Entonces me di cuenta de que mi poder de conocer el futuro no vale de nada mientras ignoremos el pasado.