Fútbol a sol y sombra
Como he contado ya alguna vez, odio que me guste el fútbol; pero el Mundial ya está aquí y soy débil. Durante la adolescencia es cuando se forma nuestra identidad y, de la misma manera que si le das al vaper te vuelves tonto (en realidad, tuviste que serlo antes para empezar), quiero pensar que, si admiras a héroes, algún día, aunque solo sea moralmente, podrás participar de su heroicidad. En psicología hay una cosa que se llama pico de reminiscencia, que dice que esas cosas que ayudaron a formar nuestra identidad tienen un poder evocador extraordinario. Aunque puedas ver muchos Mundiales, en realidad, como si fueses un jugador profesional, solo puedes jugar desde el televisor dos o tres. Para mí, Italia 90 y USA 94. Por mucho que te digan, nunca puedes ir más allá de tus límites y tus límites son tus héroes, en mi caso: Roger Milla, Dios crucificado y el hombre que murió de pie. Como diría Lope… quien lo vivió, lo sabe.
Y, sin embargo, cada cuatro años vuelvo a caer en la misma trampa, como si la memoria fuera un estadio encendido en mitad de la monotonía adulta. Uno cree que ya no es el mismo, que ha crecido, que ha dejado atrás aquellas tardes, pero basta un balón rodando para que reaparezcan las imágenes borrosas, los nombres imposibles, la emoción sin defensa. El Mundial no es solo un torneo, es una forma de recordar quiénes fuimos cuando todavía no sabíamos explicarlo. Y quizá por eso duele un poco, porque nos devuelve a un yo que ya no cabe del todo en el presente, pero insiste en mirar desde el recuerdo, como un niño persiguiendo palomas en el parque.