Una joya a cuidar
Ubicado en su día sobre los terrenos más bien insalubres de las Huertas de la Albufera y planificado su jardín por Elicio González Mateo a caballo entre el gusto francés y el italiano, entrañable corazón verde de la Cuenca moderna, el Parque de San Julián, enclave fundamental de la vida social del centro histórico de la Cuenca moderna, une a su condición de oasis urbano y lugar de esparcimiento y reposo la de verdadero muestrario botánico, especialmente de especies arbóreas, como bien claramente lo plasmara en su día en libro y en numerosos artículos periodísticos Nicasio Guardia decidido defensor de este aspecto de su valía; una valía a la que aportan estéticos añadidos el por fortuna en los últimos tiempos remozado quiosco de la música, diseñado en origen por Fernando Alcántara y que en tiempos albergara la primera biblioteca pública de la ciudad, las esculturas de Gregoria de la Cuba y de Lucas Aguirre realizadas por Marco Pérez –por cierto y de paso, bien por la decisión municipal de mantener cual está el Jardinillo de la plaza de la Hispanidad que da marco al homenaje de este artista a los conquenses muertos en la Guerra de África– y sus pequeñas asimismo escultóricas simpáticas fuentecillas. Una joya de poco más de una hectárea de extensión pero vaya que, por decirlo todo, no hemos apreciado su regalo de benéfica sombra en un verano cual el que estamos sobrellevando; una joya, reitero, que requiere unos cuidados de mantenimiento que quizá no estén siendo todo lo eficaces que deberían. Por ejemplo, al cruzarlo estos mismos días llama para mal la atención el mal estado de parte de sus setos –en alguna zona habría casi que decir de sus no setos dada la discontinuidad que presentan– aunque cierto es que su distribución, en unas áreas a resguardo del rigor del sol y en otras bajo su estival inclemencia, hace a veces algo arduo ese su mantenimiento y repoblación; o como, también, cambiando de estación, habría tal vez que ver la forma más eficaz de evitar esos grandes charcos que en épocas de lluvia suelen motear su arenoso suelo. Y quizá, se le ocurre a uno, también habría que plantearse si la demasiada frecuencia de elegirlo para determinadas instalaciones temporales –no todas, claro, pero si algunas que probablemente estaría mejor situadas en otros parajes– no es precisamente causa de deterioro. En fin, quien esto firma no es experto en soluciones para este tipo de recintos pero sí le gustaría que los que sí saben de ellas y quienes pueden encargárselas se plantearan algunas de las cuestiones que me he atrevido a señalar y a las que, y más que por supuesto, quiero añadir la necesidad absoluta de que quienes lo visitamos y usamos, quienes somos, en fin, los directos disfrutadores de su regalo, nos comportemos con el civismo y la educación que no siempre –que esa es otra– demostramos. Y nada más: que no me pasen mucho calor en estos días y que disfruten, con todas las precauciones necesarias –escojan las gafas adecuadas y sigan las instrucciones de los expertos– con el ahí ya en nada eclipse.