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Antonio Santos
18/07/2026

Pompeya y pompolla

Posiblemente los primeros grafitis hunden sus raíces en la prehistoria. Desde entonces nos podemos preguntar si eso es arte, religión o vandalismo; aunque aún no existían los vándalos. Y siempre que se habla de este tema sale a relucir Pompeya, donde ya apareció la pintada más sublime y universal de todas: «Gayo Pumidio Dífilo estuvo aquí». Y sí, Pompeya no decepciona, también hay varios penes dibujados. Parecía que después de Roma el arte mural había llegado a su cúspide. Pero el grafiti, tal y como lo entendemos ahora, nació allá por los sesenta en ciudades como Filadelfia o Nueva York, donde los jóvenes escribían sus firmas («tags») en paredes y trenes. Aquí, en España, será seguramente Muelle quien reine en eso de «takear». Aquella gente tenía fines estéticos y, muchas veces, un mensaje. Por eso, Muelle, por ejemplo, jamás escribía su firma sobre edificios históricos o de valor artístico.

Hoy leo que tres menores han sido sancionados por hacer pintadas en la ciudad. La foto que ilustra la noticia es el puente que une la Ronda con el nuevo hospital. Hace un par de semanas, precisamente, al pasar por allí y ver las pintadas, pensé en cómo alguien podía exhibir con su nombre algo tan feo, cutre y mal hecho. Y recordé esa anécdota de Valle-Inclán en la que se negó a firmar un atestado policial por carecer de calidad literaria; o la frase que, no sé por qué, me dijo tantas veces un adulto durante mi infancia: «Si eres tonto, procura que no se den cuenta». Y es que, seguramente, en la prehistoria ya había tontos, pero no les dejaban «takear». Porque, a mi juicio, el delito no es pintar; el delito es hacerlo tan mal.