Tras el eclipse
Bien estuvo, vaya que sí, que el pasado miércoles, no ya solo durante los cincuenta y cinco segundos que duró en nuestra capital y alrededores –algo más en otros puntos de la provincia– ese mágico instante en que la luna abrazó en su totalidad al sol y nos regaló la belleza del espectacular halo fruto de esa su tan fugaz unión, sino durante toda la duración del proceso desde su comienzo hasta su definitivo adiós –sin contar la expectación de los días previos y el posterior alborozado comentario de lo contemplado– nos hayamos olvidado un algo de tanta sinrazón, miseria, congoja y desastre como nos rodean cada día y de alguna manera, más o menos consciente o inconscientemente, hayamos sido todos uno, aunque haya sido durante un momento, ese momento, en la fraternal admiración de lo hermoso y lo sublime. Sí, bien estuvo sin duda que en esa cita que seguro que adelantó la que tantos de nuestros paisanos suelen cumplir cada año con su venida a la ciudad para las ya casi ahí celebraciones de San Julián, y que también nos trajo la tan elevada afluencia de forasteros que desde los más diversos puntos de procedencia hasta aquí vinieron, nos sintiéramos copartícipes de algo común por una vez ni perverso ni catastrófico ni amenazante, y ojalá ese sentimiento –déjenme decirlo que uno también tiene derecho a ponerse alguna vez utópico y, qué demonios, tierno– de hermandad, permaneciera algo más de lo que nos durase, nos haya durado, la propia sensación en ese lapso de tiempo experimentada y nos llevase a actuar en concordancia con él aunando esfuerzos para el bien común en vez de empeñarnos en nuestros tan absurdos y nocivos habituales, tozudos y encarnizados enfrentamientos. Sí, déjenme que me quede con la sentido el miércoles, por mi parte en pleno campo y con la compañía de entrañables amigos, y desde ese sentir perdónenme el tonillo de doméstica prédica paterna o incluso casi de abuelo, que se le ha ido poniendo a esta mi entrega de hoy, con la que, por una vez, he querido dar de lado y huir de tantos temas y asuntos desagradables como los que en demasiadas repetidas ocasiones voy y me adentro. Paz y bien.