29 de Noviembre de 2020 Son las 23:25

Opinión

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Especial Semana Santa 2020
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Eduardo Soto

"El Regalo"

La energía nuclear tiene un problema de raíz que nunca ha podido solucionar y que trata siempre de esconder bajo la alfombra: sus residuos altamente contaminantes y dramáticamente peligrosos. Si no fuera por ese pequeño detalle, ese grano en el centro del ojo, hace años que habríamos aceptado sin reservas esta revolucionaria forma de obtener energía. Son ya más de seis décadas las que se lleva trabajando para minimizar el efecto letal de los residuos radiactivos sin un solo éxito remarcable. Los intentos denodados de reciclarlos se han dado de bruces con la complejidad de su tratamiento o directamente han concluido que su “reciclaje” resulta más caro que los beneficios que proporciona la energía que genera el combustible nuclear que los produce. Vergonzosamente, este defecto de diseño, este error de cálculo mayúsculo, esta negación de la necesaria evaluación, con tan desastrosas consecuencias, se arroja a las profundidades de los océanos, se entierra en las entrañas de la tierra, se encapsula en almacenes de caducidad limitada, con la esperanza de que la población ignore su potencial maligno.

Como científico entiendo la dificultad ciclópea de vencer un problema que se alarga en el tiempo por más de 10.000 años: esos residuos psicópatas que se resisten a cualquier terapia, a todo tipo de tratamiento, y que cada 60 años pueden haber minado y perforado las soluciones más costosas y mejor pensadas para contener su furia y su fuego. Considero de enorme interés seguir investigando en todos aquellos procesos o experimentos que puedan desactivar los riesgos que suponen para la humanidad y el medio ambiente los residuos nucleares. Del mismo modo que nos esmeramos al máximo en reducir el contagio de la pandemia del COVID y sus efectos sin dejar de investigar el modo en que podemos aplacarla, estaríamos incurriendo en un tremendo despropósito si al tiempo que buscamos la vacuna siguiéramos cultivando el virus y expandiéndolo por el mundo.

La energía nuclear debe detener su carro, dejar de producir residuos, e invertir todas sus fuerzas y recursos, con su innegable ingenio y probada maestría ingeniera, en solventar ese pormenor de su diseño que pone en jaque toda su relativa partida exitosa. Es de inteligentes reconocer cuando un problema persistente en cada prueba debe obligarnos a replantearnos las premisas del experimento. Lo que no parece adecuado es seguir con el ensayo a costa de la salud y el futuro de nuestros conciudadanos y, lo que es peor, a costa de sus bolsillos y los de las generaciones futuras.

Porque se ha explicado poco; una vez los residuos nucleares salen de las centrales que los alojan (donde han redituado los beneficios que cobran solo sus accionistas) y entran en un ATC público, es responsabilidad pública, y por tanto a costa del erario público, mantenerlos inocuos para la población, in sæcula sæculorum. Imaginen que en su negocio usted pudiera externalizar (que el Estado pagara por usted) los mayores gastos que su profesión genera. Así no hay riesgo alguno de dar pérdidas, y así es como la energía nuclear se sigue postulando como la más limpia y rentable. Siento decirles que ya no la considera así ni la Asociación Internacional de la Energía quien hace un par de años concedió a la Energía Solar ese título.

El próximo lunes 23 de noviembre, a las 0:15 aproximadamente, ustedes podrán ver el documental El Regalo por primera vez en las pantallas de CMM. Sebastián Martín, con quien he tenido el placer de compartir la dirección y la producción de este meticuloso estudio sobre las vicisitudes de la energía nuclear, tuvo un enorme acierto en ponerle tan perspicaz título. Para los que siempre se quieren apuntar un tanto a costa de los otros, o incluso a pesar de la desgracia de los otros, hay Regalos, como el de Medea a Creusa y el de Rajoy a Castilla La Mancha, que es mejor no tomarlos, porque vienen envenenados.

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