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La pobreza bendecida y otras cuestiones

En el Tomo II del excelente DICCIONARIO DE HISTORIA ECLESIÁSTICA DE ESPAÑA (1972), de Aldea-Marín-Vives, figura una exhaustiva estadística, muy significativa de la naturaleza de la sociedad castellana de finales del siglo XVI, donde queda de manifiesto su profunda raigambre religiosa, todavía visible en la actualidad, aunque muy atenuada y en constante/lento proceso de revisión. Según aquel estudio, hacia 1595 había en Castilla algo más de 6,5 millones de habitantes, espiritualmente administrados por unos 74.000 eclesiásticos, entre seculares y regulares, religiosos y religiosas, lo que promediado tocaba a 1 por cada 88,23 almas con derecho al Cielo. No está nada mal, habida cuenta de las eternas y horribles asechanzas del Demonio, en lucha permanente con las fuerzas del bien, constituidas fundamentalmente por el ejército eclesial, y es que los españoles somos un pueblo especialmente sometido al imperio de la ley divina. En lo que respecta a Cuenca, los datos son comparativamente algo sorprendentes, si tenemos en cuenta la acendrada fe que nos ha caracterizado a los conquenses de bien durante siglos, constituidos los naturales de esta tierra en acerva y particular reserva espiritual de la humanidad toda. Por aquellas fechas, había en el Obispado de Cuenca, sumada a la jurisdicción de Huete, unos 328.000 habitantes, que estaban resguardados de la ofensiva diabólica por 2.657 religiosos/religiosas, lo que equivalía a 122,62 almas por soldado de la fe. En el imprescindible libro de Doña Sara Tilgman Nalle, GOD IN LA MANCHA (1992), y su correspondiente edición en castellano, DIOS EN LA MANCHA. LA REFORMA RELIGIOSA Y EL PUEBLO DE CUENCA 1500-1650 (2022), se cuantifica el organigrama religioso omnipresente en la Cuenca del siglo XVI y primera mitad del XVII, con una precisión asombrosa y esclarecedora del, quizá, más importante elemento de análisis de la realidad social en la Castilla ancestral, realmente la época más oscura y tenebrosa de una Historia plagada de terrores morales y espirituales fruto de la bonancible tiranía religiosa. En ese enorme trabajo se plasma una fotografía/película de argumento desolador cuyas consecuencias no se han extinguido completamente. No en balde, la obra de Sara es libro de texto en varias universidades del mundo para el estudio profundo y cuantificado de la realidad social de la España renacentista, de allende y aquende, en un trabajo caracterizado por una imparcialidad descriptiva sorprendente del hecho religioso, que, como bien sabemos, es un elemento beligerante esencial que suele despertar necios partidismos en torno al Dios verdadero, que vaya usted a saber cuál es. Según el citado libro de Miss Nalle, sólo en el obispado de Cuenca había nada menos que 86 conventos: 18 en la capital, y 68 en la provincia eclesiástica: una esplendorosa representación divina en la Tierra; multipliquen por un promedio incierto pero numeroso de monjes y monjas y obtendrán igualmente un costoso resultado de manos muertas que, junto a sus humillantes privilegios y otros motivos complejos, dan cuenta de la pobreza diferencial de siglos de la patria española, causa profunda, aunque no la única, del desfase económico y social comparativo con el resto de Europa. Concretamente, DIOS EN LA MANCHA me descubrió, sin ánimo dogmático, las fuentes citadas y otras muchas, esclarecedoras del engaño religioso, aunque Sara es científica analista, metódicamente imparcial con las creencias, además de muy amante de su segunda patria de adopción: Cuenca, donde vivió y hermanó, y todavía, afortunadamente para ella y nosotros, casi la mitad de su vida, alternada con sus estancias en el bellísimo pueblo de Algarra, en el corazón de mi Marquesado de Moya, de cuyo apasionante entorno histórico procedo. Sara no entra en los pantanos traicioneros de la crítica religiosa; de interpretar y desentrañar el fraude divino ya nos encargamos humildemente otros, aunque muy pocos, y es que resulta muy difícil sobreponerse a la inoculación catequética irracional y opresiva practicada durante siglos en el inocente y receptivo fluido intelectual de la infancia. El tótem divino intransigente, agazapado en la conciencia personal y colectiva, forma parte de prácticamente todos nosotros, casi de nacimiento.

Y bien: la escasez material y las desigualdades sociales resultantes de diversos factores como el emporio eclesiástico es la auténtica degeneración moral de la sociedad española, y no los pecados designados por la doctrina, como el de la carne, sino la pobreza derivada de los privilegios de clase en buena medida bendecidos por el credo institucional. Ese es el verdadero pecado, muy lejos de la desquiciada obsesión de púlpito por el pecado de la carne, el diablo cojuelo que acecha sarcástico la pederastia sacerdotal, auténtica lacra social nunca enfrentada por la Iglesia con la entereza que requiere, muy al contrario, encubierta con señuelos grotescos como el traslado parroquial. Lo auguramos: esa realidad delincuencial será una de las causas que dará al traste con la secta, entre otras de naturaleza igualmente conocida, derivadas del triunfo inapelable de la razón y la libertad, enemigos correctores del abuso dogmático en todas sus formas. El fanatismo religioso es uno de los factores, quizá el más característico por su derivada supersticiosa, de la ignorancia empobrecedora de siglos, indisolublemente unida a las desigualdades y la injusticia social, falsamente combatida con la misericordia parroquial publicitaria y limosnería eclesial, puro artilugio mercantilista de expansión social, como ya denunciara el delicioso emperador Juliano en su obra CONTRA LOS GALILEOS, muy parcialmente recuperada después de la barbarie censora y exterminadora de las fuentes históricas: arquitectónicas, documentales, etc., etc., perpetrada por la Iglesia Católica durante siglos de oscuridad revisionista de la Historia. Quizá otro día hablaremos de Juliano, admirable gestor público de la igualdad de derechos y libertad de cultos, prematuramente asesinado por una lanza muy posiblemente dirigida hacia su costado por el cristiano Espíritu Santo, el magnífico romano y cuya memoria ha sido maliciosamente adulterada en beneficio de otras figuras, como el crudelísimo Constantino, santo altarizado por algunas sectas cristianas orientales, pero receptor de ladino agradecimiento sectario por parte de todos, al ser la cínica potestad que allanó el camino del acaparamiento cristiano del Imperio.

A consecuencia de la miseria en todos sus órdenes, los españoles nos hemos caracterizado, siempre, por la lacra maldita de la emigración forzosa, para matar el hambre o salvar la vida, y esto último hasta tiempos muy recientes, como en la gloriosa Dictadura, triunfante y sostenida por la parte más injusta, ignorante y necia del común. Sólo sin tener en cuenta otros elementos definidores de la vida española, como la perduración del régimen señorial hasta tiempos relativamente recientes, la descabellada y ruinosa abundancia de manos muertas es un dato incuestionable para entender la pobreza española de siglos y siglos, casi exclusivamente circunscrita al pueblo llano, y en otro orden de materias que he expuesto con más detalle en mi libro maldito UN REINO DE CURAS Y DELATORES (2016), la influencia incontrastable y permanente de las supersticiones religiosas da cuenta igualmente del atraso científico  español de siempre. Digamos que, hasta la parcial liberación social e institucional del lastre religioso, y adviértase que digo “parcial”, España sólo aporta al tesoro de la Ciencia universal el insospechado descubrimiento de la galileana Ley de Caída de los Cuerpos, debida a la inspiración (¿divina?) anticipadora del genial sacerdote Domingo de Soto (ⴕ 1560), cuyo hallazgo no fue debidamente reconocido en su momento por carecer de soporte matemático, el lenguaje descifrador de la Naturaleza. No sabemos si inspiró a Galileo, aunque todo es posible en el terreno de las ideas. Aprovechemos para recordar que Galileo, en un contexto negociador con la Corona a principios del s. XVII para adquirir el uso de su sistema de posicionamiento geográfico, renunció a la invitación de Bartolomé Leonardo de Argensola para venir a España, atemorizado por la mala fama hispánica de sometimiento a la malsana dictadura inquisitorial, incluso peor que la romana, con la que ya había experimentado sus primeras diferencias en 1616. Repito unas palabras al respecto de mi libro citado: “Ciertamente, el coercitivo vasallismo espiritual hispano condicionó profunda e incómodamente la política de los papas, en especial en los períodos más virulentos del Santo Oficio, forzándolos a apadrinar un catolicismo “más papista que el Papa”, pues incluso el significado peyorativo de la palabra “papista” no podría ser aplicado a nadie mejor que al reino de España”. Y no podemos dejar de recordar que, para sorpresa universal, en los estatutos de la Universidad de Salamanca se programara la enseñanza del copernicanismo por primera vez en toda Europa, en 1561, y luego en 1594 y 1625, aunque esencialmente para el uso de las tablas astronómicas de un sistema operativo eficiente que permitiera a los navegantes familiarizarse antes y mejor con la retícula del globo, imponiéndose el pragmatismo sobre toda otra consideración, por necesidades de explotación colonial.   

En la Historia de España, es difícil establecer qué institución es más cuestionable: la Corona, o la Iglesia. La asistencia pública, que teóricamente correspondería a las instituciones políticas, fue siempre sustituida por la caridad eclesiástica, que era, esencialmente, una forma de control social y religioso manoseando la sempiterna miseria material del pueblo. Ser pobre en España fue siempre un componente esencial de la ciudadanía, y un recurso orgánico/administrativo, tiránico, para mantener a la plebe muy bien sujeta, a cambio de su dependencia religiosa, llamada espiritual para justificar el sometimiento con la amenaza del más allá, que era un destino sabiamente administrado por la clerigalla omnipresente. Ello explica en detalle, y en buena medida, la ausencia nacional de las revoluciones campesinas, tan comunes y transformadoras de la Europa histórica. Una de sus peores consecuencias fue la explosión de anticlericalismo popular y contramonarquismo, propios, especialmente, de la II República, lo que no justifica en absoluto la repugnante guerra iconoclasta y criminal perpetrada por la parte más desesperada de una sociedad enloquecida por el hambre, la ignorancia y el desamparo de siglos y siglos y siglos. De hecho, esa barbarie destructora de imágenes, obras de arte y archivos eclesiásticos fue una de las claves que impulsaron a la otra, la facción más perversa/detestable de la sociedad española, a reaccionar con el castigo indiscriminado de la Guerra Civil, nunca concluida, porque no fue exclusivamente una rebelión castrense; existía, y existe, una apreciable y numerosa parte del pueblo español que se sintió representada por esos militarotes sin escrúpulos que se alzaron en armas, no ya contra la República establecida, sino contra las excelencias alcanzadas por una sociedad laica y libre de ataduras religiosas/fetichistas, secularmente aprisionada en la cárcel de la fe por un conciliábulo hermético de espantanublados administradores de milagros, y el desconocimiento de esa abundancia electoral e ideológica constituye uno de los errores de interpretación de la izquierda española:  eran y siguen siendo muchos los mílites de esa derecha cerril, atrasada y fanática, que condiciona malévolamente a esta España Nuestra, por decirlo con nostalgia poética. He ahí, por cierto, uno de los problemas de aplicación de las leyes de la Memoria Histórica, que, quiérase o no, pone de manifiesto de modo inapelable quiénes son los malos de la película de la Historia. Mucho antes de la contienda, había tenido el Rey la inteligente previsión de exiliarse, inaugurando la práctica borbónica del autodestierro edulcorado, de conocida y muy actual trascendencia histórica, temeroso por lo que había sucedido en aquellas sangrientas revoluciones, como la francesa y, hacía muy pocos años, la rusa.

Y centrándonos en el anticlericalismo devastador, éste no procedía exclusivamente de un odio acervo contra la doctrina y las virtudes teologales; era más bien un rechazo instintivo y orgiástico contra la repulsiva oscuridad tirana de siglos y siglos, contra la lobreguez espiritual y los privilegios de sotana, y contra su riqueza evangélicamente impropia y desmesurada por antonomasia: ”Debido a las rentas inmensas de los obispos, los capítulos catedralicios, las órdenes religiosas y las instituciones de beneficencia, a fines del siglo XVIII la Iglesia era la institución económica más poderosa del reino”, concluye William J. Callahan en su igualmente imprescindible LA IGLESIA CATÓLICA EN ESPAÑA (1875-2002). Mendizabal se encargaría a partir de 1835, aunque de modo algo chapucero, de civilizar ese inmenso oligopolio sagrado, en una operación que la Iglesia de entonces tildaba pomposamente de “saqueo del patrimonio de Jesucristo”, aquel pobre hombre que malvivía de sus charlas callejeras. Pero también repugnaba al pueblo la inhumana auto lapidación y el permanente suicidio existencial, en suma, la renuncia a la vida, propiamente representada y materializada, entre otros desvaríos, en el culto a las reliquias humanobiológicas, esas piltrafas repugnantes de sangre, vísceras y osamentas putrefactas, objeto de absurda veneración, dramática ridiculez todavía no del todo extinguida. No sin sorna, lo reconozco, voy a poner un ejemplo muy relacionado con la esperpéntica tradición de las reliquias, que darían para un tratado exclusivo que no podemos abordar aquí más allá de alguna de sus inevitables humoradas, y es que el humor suele ser la mejor herramienta para el tratamiento de la fe supersticiosa. Recordemos, en efecto, un cómico ejemplo citado en mi libro LAS TRAMPAS DE LA FE (2023). Se conservan 13 prepucios de Cristo, y todo parte de una tradición, cuando menos, sorprendente: un ángel entrega a Carlomagno el “prepucio auténtico” del Salvador, que en principio habría permanecido en poder de María Magdalena, ¡¿quién si no, pobre y malignamente prostituida mujer?!; su sorprendente exuberancia lleva a Calvino a preguntarse cuán descomunal debía ser el miembro de Jesús, para aportar semejante tonelaje de carnaza divina ¡Estos irrespetuosos protestantes! ¡Condenados seáis, traidores! ¡Deberíais llevar grabada en la frente el nombre de TRENTO! Existe o existía, que nosotros sepamos, una Hermandad del Santo Prepucio (en Amberes), y las historias generadas por el sagrado frenillo son innumerables y chocantes; el antireligioso Deschner se plantea, entre otras dudas muy compartidas, si, a juzgar por sus restos conservados, ascendió Jesús al cielo con prepucio, o sin él. Aclaremos que la Iglesia, lógicamente abochornada, ha derogado su culto en tiempos relativamente recientes, pero lo sugerimos como ejemplo sublime de discusión/debate teológico; al fin y al cabo, para eso sirve la Teología, esplendorosa seudociencia capaz de explicar como Dios manda todo lo más absurdo y descabellado de la fe. Las imágenes/monigotes y reliquias de los santos deberían conservarse íntegros para constituir en las iglesias un Museo de los Horrores y la ignorancia bendecida de siglos, necedad explotada, con pocas excepciones, por una falange absurdamente numerosa de coronados administradores de la fe, y todavía, aunque muy mermada, y exhibe sus últimos coletazos con la exhibición de la nada sobrehumana pederastia sacerdotal, con espeluznante número de víctimas, de cuya naturaleza podemos hablar otro día si no soy salmodiadamente quemado en la Plaza Mayor, justo a las puertas de la Catedral. Convoco hoy a todos para escuchar mis últimas palabras, probablemente ensordecidas por la Salve coral de mis verdugos. Aclaremos que la citada Magdalena era, si es que existió, una mujer honesta, quizá la esposa del Cristo real/humano, maliciosa y póstumamente prostituida siglos después por Gregorio I el Magno (ⴕ 604), uno de los Papas más arteros y manipuladores de la Historia, meritorio santo y milagrero, creador del quimérico/fantasioso Purgatorio, por cierto la única esperanza que nos queda a los consumidos por la duda.

Y sí, soy consciente de lo  que deben sentir, al leer estas duras consideraciones, muchas buenas personas que han entregado su vida el servicio a los demás luciendo tonsura, alguno de los cuales declaro con orgullo haber conocido y transportado en mis viajes alrededor del mundo, desplazados para vivir y remediar la cruel y desgarradora pobreza/injusticia universal supuestamente decretada por su Dios, pero todos estamos moralmente obligados a analizar el fenómeno religioso en cualquiera de sus aspectos, como su parte organizativa, social y política, y poner de manifiesto sus connotaciones meramente humanas/terrenales, aunque sea poniendo nuestra alma en peligro, que de todos modos es sólo una hipótesis platónica ficticia, carente de certezas. Al fin y al cabo, ya no es, ni lo fue nunca, absolutamente necesario vestir sotana para entregar la vida al servicio de tus semejantes en organizaciones civiles maravillosas; lo sé muy bien por razones personales que no viene a cuento referir.

Los dioses han muerto, y los testaferros de su supuesta/imaginaria voluntad ya no tienen nada que predicar en esta Tierra, inmunda mota de polvo perdida en los confines de una anodina galaxia, insignificante y descarriada entre billones de trillones de septillones de constelaciones; no somos nada, una insignificancia extraviada en el seno de una realidad inabarcable, pretencioso totum pro parte de la mitificada creación, pues el Génesis, supuesta palabra de Dios, es una fantasía alucinatoria salida de la mente de un ser ridículamente pretencioso, y sus autoproclamados albaceas deberían transformarse y renunciar a las fraudulentas manipulaciones de la espiritualidad, y a la práctica impune de sus delitos deshonestos, que no se pagan firmando albalás/protocolos económicos con la Administración, con el fin de evadir la Justicia terrenal: verdadera argucia, engaño, maulería, trápala, embeleco, falacia, artificio, música celestial absolutamente estéril para atajar el mal, porque la podredumbre humana no obedece a criterios justos ni buenos deseos, y, para entendernos, no la remedia la propuesta subvención a las víctimas de sus pecados de pederastia, y mucho menos la ridícula, irrisoria, grotesca, grandilocuente, pretenciosa absolución sacramental.

Convocamos la movilización creadora que luche para reivindicar la verdad de la buena en la vieja batalla por el premio excelso de la razón científica, que no puede ser otra cosa que laica. Cuestionar la necedad, especialmente la necedad organizada de alcance pretendidamente universal, y la fe, es el mejor síntoma para identificarla. La Fe, además de caracterizarse fundamentalmente por sumisión a la secta, es, por definición, la mejor estratagema contra la Razón, que es el arma más poderosa contra la extinción de la especie. No en balde, a lo largo de los siglos, la palabrota “infiel” fue, y sigue siéndolo por encubrimiento, la mejor excusa pública para la guerra, que es, por naturaleza, una empresa religiosa de expansión, y GAZA es el ejemplo real y consumado más reciente. Ontológicamente, el problema fundamental es la Fe, y su materialización: la secta, que además lleva aparejado siempre un gasto social ruinoso y empobrecedor, especialmente llamativo en comunidades muy estratificadas, como la española ancestral y tantas otras.