Penicilina y punto
Justo antes de comenzar a escribir esta columna he leído una entrevista de Antonio Muñoz Molina en la que nos advierte de que «hay un exceso de opinionismo porque es más barato que el periodismo». Y yo, que ya creo en muy pocas cosas, sigo creyendo en El jinete polaco, si es creer en algo. El caso es que yo iba a escribir sobre la homeopatía, otrora llamada santería o curantería, y digo curantería como arte practicado por el curandero o palabra derivada de cura-sacerdote. Porque, al final, desde que la mentira dejó de casar con la verdad, siempre ha habido dos modos de llegar a Roma: lo de las verdades de fe y las verdades de razón, que diría Santo Tomás. Aunque quizás no iba muy allá, porque también dijo lo de una y no más, y aún seguimos de lío. Y así es como, cuando alguien se encuentra mal y nota que la cabeza no cabila cabal, puede ir al psicólogo, a confesarse al cura o al camarero. Y es que uno puede creer en dios, en la Ciencia o en la paciencia. Quiero decir que eso de la homeopatía ha existido de toda la vida, pero conviene saber, y ahora sabemos, que es puro placebo, como el burro de Juan Ramón; no como juego de palabras chusquero, sino porque ese burro, a su manera, también era homeópata. Y, volviendo a Muñoz Molina, con la realidad ahora quizás pase algo parecido. Vivimos en un mundo de ignorancia en el que somos incapaces de averiguar quién es M. Rajoy y en el que, a gusto del consumidor, hay verdades de opinión y verdades de verdad.