Patria y pecado
Esta semana se ha debatido sobre el burka y el niqab en el Congreso de los Diputados. Ahí hay un debate profundo, serio y, quizás, hasta necesario. Por eso, convertirlo en un panfleto de populismo racista hace que el tema se desvirtúe. Aunque imagino que, a corto plazo, dará un buen puñado de votos.
El argumento de que hay que prohibirlo porque no es nuestra cultura y todo lo que no es nuestra cultura hace que esta desaparezca es peligroso. Especialmente cuando lo esgrimen personas que parecen no saber muy bien lo que es España. Porque claro, ¿quién decide lo que es cultura española y lo que no, en un Estado que, diferenciándose de la cultura de muchos Estados islámicos, es aconfesional? ¿La religión católica? Porque yo diría que ser anticlerical es algo bastante español.
Aun así, si fuese la religión católica nuestra vara de medir, sería justo hacer de la Biblia nuestra Constitución y prohibir, para empezar, a los racistas, los intolerantes y los toros («De salutis gregis dominici»). Después podríamos seguir con los pecados capitales. La pereza: hay líderes políticos sentados en el Parlamento que no han trabajado en su vida fuera de un chiringuito; la avaricia en forma de mascarilla o la soberbia de quienes se creen poseedores de la única verdad y esencia de España.
Tenemos derecho a poder enfrentar este debate con seriedad y a no convertir nuestra cultura en aquello que algunos dicen querer evitar.