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Un jardinillo y una controversia

Ahora así, ahora asá, la verdad es que el –discúlpenme el anglicismo– “look” de la tradicionalmente más significativa vía urbana de nuestra capital provincial, Carretería, no ha llegado nunca a vestirse adecuadamente ese traje urbano que, conjugando su tradición, sus propias necesidades funcionales, su más o menos perdida o en decadencia realidad económica y las lógicas demandas tanto estéticas como, desde luego, funcionales de un ahora que tiene sus claras diferencias con el pasado, se adapte al que debería tener. Convertida de alguna manera en emblema mismo de la propia evolución de la ciudad y espejo de su entera realidad urbana, nada hay por supuesto que oponer a su adaptación a lo que el hoy le reclama poniendo fin por un largo tiempo –nada es, ya lo sabemos, para siempre en nuestras humanas viñas pero que al menos le dure una razonablemente prolongada etapa– a la nada deseable costumbre de un modelo ahora, mañana otro que ha venido padeciendo y se enfunde por fin un terno que aparte de adecuado y con ese marchamo de duración goce de la mayor aceptación ciudadana posible. Y, ¡ay!, esto último no parece que sea lo que está consiguiendo el ya presentado proyecto actual especialmente en lo referente a la remodelación, que incluye, del jardinillo de la Plaza de la Hispanidad, tal y como queda patente estos días en esa movilización ciudadana que tenía su punto álgido el pasado sábado 23 con la nutrida asistencia a la convocatoria de firmas para oponerse, junto, cierto, también a otros aspectos del plan, pero especialmente a la modificación de tan emblemático e histórico espacio verde. Una modificación a la que, si me lo permiten, y fiel al título genérico de esta sección, déjenme que les diga que personalmente tampoco le encuentro ni razón ni conveniencia alguna, como por otro lado tampoco se las veo, sino más bien inconvenientes, especialmente para los vecinos de esa zona, a la creación de ese “espacio cultural” que el proyecto prevé asimismo para el otro cabo de la calle, en la Plaza de la Constitución, ni por sus dimensiones ni por su en principio más que discutible funcionalidad. Pero tornando a esa reestructuración del  triángulo ajardinado que alberga el tan artísticamente destacable monumento de Marco Pérez a los soldados conquenses muertos en la Guerra de África, restructuración que conllevaría la retirada de la tradicional verja que lo limita y que a su interés histórico-artístico une probablemente un cierto efecto disuasorio frente a esas vandálicas acciones a las que por desgracia estamos demasiado acostumbrados y la creación de unos minicaminillos interiores, tan inmediato su fin a su inicio que la verdad es que uno se pregunta qué demonios aportarían aparte de un mayor deterioro por el paso de los viandantes de su hoy tan apreciable realidad verde, y cuya realización esperemos, por Dios, que no conllevaría, si finalmente se acometen, la eliminación de ninguno de los soberbios ejemplares arbóreos que allí se alzan, uno piensa –y le da que visto lo visto también lo compartirían muchos de nuestros conciudanos– que lo que hay que hacer es aplicarle el famoso verso de Juan Ramón“¡No le toques ya más, / que así es la rosa!” y dejarlo tal cual está.