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Opinión

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Especial Semana Santa 2020
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José Ángel García


19/7/2021

Hallazgos

No había venido teniendo la presencia mediática que los del cercano paraje de Las Hoyas o el de Lo Hueco pero miren por donde el yacimiento paleontológico de Buenache de la Sierra nos acaba de dar la noticia científica del verano conquense con la aparición en él de un fósil de grandes dimensiones que por las características que presenta parece que, a tenor al menos de las primeras declaraciones de sus descubridores, podría conformarse como un hallazgo de especiales importancia y relevancia.

Como en la más típica película el descubrimiento llegaba cuando a punto estaba ya de cerrarse la campaña de excavaciones –la tercera realizada en él desde que comenzara a estudiarse hace cinco años– y que ha llevado a cabo el equipo de la Unidad de Paleontología de la Universidad Autónoma madrileña, una campaña por otra parte no especialmente intensa ya que se había optado por centrar el grueso de los trabajos en Las Hoyas.

Falta ahora por conocer de qué animal estaríamos hablando –se habla de que podría tratarse tanto de un dinosaurio como de un cocodrilo o un pterosaurio aunque a la cauta espera de lo que acabe determinando el estudio de los restos descubiertos– pero ya se especula con la posibilidad de que pudiera llegar a competir en cuanto a repercusión icónica con el Concavenator corcovatus, el popular “Pepito”, encontrado a su vez en 2003 en Las Hoyas, especial invitado en nuestro MUPA e incluso vuelto personaje fílmico hollywoodense, uniéndose como compañero al Lohuecotitan pandafilandi, el saurópodo gigante hallado a su vez en el yacimiento de Lo Hueco.

Lo que sí queda más que claro es la importancia que para la investigación paleontológica tienen los yacimientos del Cretácico de nuestra provincia –algunos de los más importantes reseñados en la Europa occidental– que, pese a las limitaciones que las posibilidades económicas, en especial en tiempos tan duros como los actuales, marcan a los trabajos, no dejan de brindar resultados, algunos tan espectaculares para el gran público como los reseñados, otros menos llamativos en ese sentido pero de tanta validez cual la de ellos para el conocimiento de la fauna y la flora de esa época.

Una riqueza para la investigación científica pero también un recurso a aprovechar cada vez más como base de un turismo paleontológico y también geológico –añádanle por ejemplo a la oferta en claves como los del Triásico del rodenal del Cabriel, las calizas tableadas del fondo del barranco de Villalba de la Sierra o las mismísimas dolomías que conforman las hoces de nuestros Júcar y Huécar– que, por supuesto que respetando siempre los lógicos y necesarios condicionantes de cuidado y preservación, añadir a nuestra oferta vacacional y de ocio junto, junto a otras nuevas posibilidades como, aunque sea salirse ya del tema estricto que motivaba este texto, las de ese astroturismo que también a lo que se ve está iniciándose entre nosotros.

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