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La diversidad humana

La actualidad mundial más reciente nos conmueve a casi todos. Los que hemos paseado por las ciudades de la, hasta ahora, más sólida democracia del mundo y atesorado ciertas experiencias personales y culturales que nos unen a ella de modo inolvidable, estamos aterrados por los acontecimientos de Minneapolis, y los hechos tienen lugar justamente en un momento en que España se propone legalizar la vida de medio millón de inmigrantes necesitados de patria de acogida. El contraste es absolutamente desconcertante. No obstante, el peligro de una involución desastrosa nos afecta a todos los europeos, incluidos, por supuesto, los españoles. Veamos.     

El racismo, que suele disimularse bajo la denominación de xenofobia, es un virus mental que procede del instinto tribal básico, ancestral, la expresión más significativa de la antropología prehistórica animalesca. Se identifica en individuos de capacidad evolutiva atrofiada y se manifiesta u organiza para imponer la pervivencia de una mentalidad antropológica cavernaria, que se resiste a la transformación inteligente de la manada, en sociedad, inteligencia que pasa, inevitablemente, por agrupar sin distinción a todos los seres humanos, naturalizando la diversidad etnológica que durante cienmilenios ha permanecido fragmentada en grupos humanos separados, con frecuencia enfrentados entre sí, pero hoy, afortunadamente, cada vez más mezclados y acostumbrados a la diversidad colaborativa, a la evolución benefactora que ha dado en el dominio poblacional de la especie humana sobre todas las demás, además de librarse de vivir agazapada/temerosa en las copas de los árboles, llegando, incluso, a caminar por la superficie de la Luna, pero también, y de ello nos avergonzamos, emponzoñar la atmósfera y envenenar los ríos, aunque estos horrores suele traerles sin cuidado a los homínidos racistas sólo parcialmente evolucionados, dicho así para que el lector inteligente pueda identificarlos en la panoplia pública sin necesidad de nombrarles. Me refiero, sin duda, a la parte más atrasada e intelectualmente insuficiente de este país, que hoy permanecería estancada en la variedad simiesca de origen que nació, según deduce la Ciencia, en las sabanas africanas, para expandirse por el resto del mundo, y el proceso continúa, aparentemente, protagonizado por esa pobre gente que comparte nuestros mismos orígenes y merece todo nuestro respeto, consideración, el cariño y la fusión vital superadora de las diferencias.

La xenofobia española nos ha cogido por sorpresa a casi todos, en especial a los que, como yo, somos conscientes del devenir histórico de nuestro pueblo, que es la nación más universalizada del Occidente histórico, caracterizada por la necesidad de emigrar, pues, incapaz de valerse de sus recursos más que ninguna otra, y tradicionalmente reacia a permanecer en su tierra generosa y fértil, optó siempre por huir masivamente por diferentes motivos, no siempre económicos: todavía figuran en nuestras memorias respectivas las filas de españoles de todas las edades que huían por la frontera con Europa hacia la supervivencia, amenazados por una Dictadura asesina cuyos responsables todavía pueden ser reconocidos en generaciones aleccionadas en la barbarie prepotente, que se perpetúa de padres a hijos, de abuelos a nietos. Se les identifica sin lugar a dudas, pues les cuesta incorporar/asumir el espíritu humanista de la democracia para todos por igual; no lo entienden, y proponen identificar a los seres humanos forzadamente advenedizos certificando su expulsión, y quizá, si ello fuera posible, grabando a fuego en las frentes de los que permanecen la marca de procedencia.

Los que se oponen a la naturalización de los nuevos desheredados de la fortuna pertenecen, sin duda, a aquella clase despreciable que manifestaba, una y otra vez, su irrespetuoso desprecio para con el emigrante español que durante siglos tuvo que huir para matar el hambre o salvar la vida. Los recuerdo muy bien. Su prepotente protagonismo social coincidía con la circunstancia de haber sido favorecidos por un régimen inicuo que surgió de una contienda criminal, iniciada por energúmenos escasamente evolucionados, resentidos contra la justicia social. Conviene recordar una vez más que España es el país de Europa que más emigración ha producido desde el siglo XIV, época muy caracterizada por la guerra de los Pedros: Pedro I de Castilla y Pedro IV de Aragón, que inició un proceso selectivo de exclusión que ha perdurado por siglos. La emigración forma parte de nuestra naturaleza social y cultural, y poner freno a la integración de los seres humanos que nos llegan de ultramar en demanda de asilo y trabajo es inmoralidad cruel, pestífera y desagradecida, pues si en algo hemos mejorado en esta conflictiva nación lo debemos, en grandísima medida, a los valores democráticos aprendidos en el extranjero y la riqueza importada por aquellos segregados de la patria española que tuvieron que huir de la pobreza y la tiranía para sobrevivir, y aun así, enfrentarse a un mundo idiosincrásicamente hostil que nos malquería de siempre, pues sepan que los españoles hemos sido, y todavía, uno de los pueblos más despreciados del orbe; he podido comprobarlo varias veces en mi profesional periplo mundial: fui mal recibido, incluso amenazadoramente expulsado, de algunos locales públicos sólo por ser y hablar español. Así mismo.

Y a lo que vamos: sucede que la inquina antihumana de ciertos españoles de bien a la inmigración desamparada les sitúa, no ya en la peor ralea humana conocida, sino en la clase intelectiva más baja, porque uno de los rasgos inconfundibles de la cortedad intelectual es la incapacidad de vivir en contacto con otras culturas, que procede de la inmunda suciedad del racismo tribal profundo, deleznable, pero empiecen a hacerse a la idea: estamos felizmente abocados a una sociedad multirracial, multicultural y maravillosamente diversa. No podremos frenar la avalancha imparable de víctimas del hambre y la injusticia, armas mortales que hemos empuñado los blanquitos del Norte durante siglos de explotación racial y colonialista, por no hablar de la esclavitud imperdonable, ejercida sin misericordia, incluso, en nombre de Dios. Casi todos esos pobres abandonados de la mano de Dios vienen, justamente reivindicados, a reclamar al menos algo de lo que les robamos y explotamos por derecho de conquista. Les pertenece.    

Y bien, con muy pocas excepciones, yo he convivido maravillosamente con casi todas las razas; he sido ayudado, rescatado, y recibido por seres de diversos colores. He amado a mujeres de piel azabache y a mujeres caucásicas de ojos azules, y en otro orden de experiencias, he comprobado con dolor que el sufrimiento infantil es de la misma calaña en todo el mundo, unas veces más intenso que otras, pero siempre insoportable, y no importa el color, y la raza. Y nada me aburre más que vivir en una sociedad de apariencia monótona, y en especial, en una república hermética, de valores tribales socialmente selectivos y obsesionada por la uniformidad biológica en cualquiera de sus manifestaciones y naturaleza, y pienso seguir humillando sin piedad hasta la muerte a todo zombi racista que me encuentre y cometa el error de leerme. Por otra parte, los votos que esa gente recibe proceden de una ralea moralmente degenerada de la sociedad, cuya cínica fe suele ser un grotesco simulacro del amor al prójimo, a todo prójimo, sin mención de raza, pero realmente matizado con excepciones. Ya saben a qué y quienes me refiero, pero les recuerdo que, esta vez sí, la Iglesia Española, obedeciendo el mandato evangélico, se ha puesto del lado de las víctimas. Nos hubiera maravillado constatar esa misma entereza enfrentándose resueltamente a las consignas criminales/vengativas del Dios de Israel en otro conflicto tan actual como éste.