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27 de Mayo de 2020 Son las 22:50

Opinión

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Especial Semana Santa 2020
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José Ángel García

Diez años

Pese a nuestra arraigada costumbre de conmemorar cualquier hecho en cuanto el calendario nos lo propicia al indicarnos, chivato, eso que llamamos un número redondo para su aniversario, es el caso que, cuando tenemos ya a nuestro buen 2019 a punto de decirnos adiós, nadie por estas nuestras tierras hemos recordado en público durante su transcurso los diez años que han pasado desde que, en 2009 por tanto, tuviéramos que dar obligado adiós a dos de los nombres más decisivos para la cultura conquense de la segunda mitad del siglo XX: Ángel Luis Mota y Diego Jesús Jiménez. Enseñante, gestor cultural, columnista, comentarista radiofónico, incluso en una cierta etapa cargo político, Ángel Luis fue desde siempre uno de los más fundamentales motores del hacer cultural conquense –que sin él hubiera sido bien distinto y desde luego infinitamente más pobre– en un continuado e ininterrumpido aquí estoy y hago desde las escaramuzas escénicas de Grupo VIII, la gestión de las Semanas de Teatro Independiente de los 70 y de la asociación, Amigos del Teatro, que las propiciara, el impulso del grupo musical Tormo o su labor en el cine club Chaplin o en la RACAL, a su fundamental labor durante casi una década al frente de la sede de la UIMP, a sus periodos como profesor en el Instituto Alfonso VIII, en la Universidad de Castilla La Mancha o en la Universidad de Educación a Distancia, pasando por su etapa en la administración pre y autonómica como Director General de Actividad Educativa y de Cultura primero, como Consejero de Turismo, Deporte y Juventud luego, o su continuada presencia en el periodismo impreso y la comunicación radiofónica. Y Diego Jesús, ocasionalmente nacido en Madrid pero que siempre reivindicó como rincón natal Priego, marco de su infancia cual Cuenca ciudad lo fuera de su adolescencia, y desde una y otra su condición de conquense, a más de haber firmado una de las más sobresalientes trayectorias poéticas en su momento de nuestro país –ahí andan para validarlo desde luego que esos dos Premios Nacionales y tantos otros galardones, pero sobre todo la calidad intrínseca de sus textos– y de haber extendido su hacer expresivo a la pintura, fue también otro de los propulsores importantes de la cultura conquense mediante iniciativas como las de las Semanas Poéticas por él propiciadas en la capital en los comienzos de los 90, los Cursos “Leer y Entender la Poesía” que convirtieron cada comienzo de verano a la localidad pricense, desde el 2000 al 2015, en punto de cita de lo mejor de la lírica española, o la edición de la revista “Diálogo de la Lengua”, cuya calidad la situó de inmediato en lo más alto del ranking nacional, por no hablar de su continuada atención a cuanto por aquí ocurriera o se organizara y su siempre presta disposición a colaborar en cuanto se le pidiera: ahí quedaron, valgan como meros ejemplos, su pregón para la Feria del Libro del 92, entregado canto a la lectura como ejercicio de libertad, o su presidencia del I Congreso de Escritores Conquenses de 1998 organizado por José Luis Muñoz. Evidente quedan la importancia y valía de ambos y el arrepentimiento de quien esto firma por no haberles dedicado, al hilo de esos diez años de su ausencia, el recuerdo en voz alta que sin duda ambos merecieron y merecen.

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