Cenizas
Llegan las fiestas de San Julián y, con su marcha, se irá el verano. Otro más. O el de siempre. Porque el que acabará será el verano de toda la vida; los veranos de hoy en día no terminan con las vacaciones y el inicio del curso escolar y demás (a no ser que seas un negacionista). Un buen final da sentido a la historia más intrascendente, del mismo modo que un mal final destroza la mejor de las historias. Por eso, tradicionalmente, el verano de los conquenses se va por la puerta grande. Más aún cuando sucede que es más fácil para una historia ser buena si empieza bien; y si nuestro verano acaba con San Julián, lo siguiente, sea lo que sea, empieza con San Mateo. Este año, sin embargo, parece diferente. Esto no lo arregla ni el mismísimo San Julián, que cuenta con curaciones milagrosas y la multiplicación de los alimentos. Las llamas tienen el poder de hacer desaparecer en nada lo que ha costado tanto tiempo, de hacer desaparecer lo que algunos niegan: la España que niegan, como no podría ser de otra manera, los negacionistas. Aunque, como buenos negacionistas, también negarán esto. Dirán, desde sus despachos en la capital, que son sus adalides. Lo peor son las llamas: solo dejan cenizas. A nosotros nos queda la nada que cubren y la vergüenza ajena al mirar a las consejerías. Porque allí, parece que, por negar, se niegan hasta a tener vergüenza.