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De burkas y niqab

Las secciones de opinión en la prensa escrita están para intentar buscar soluciones a algunos interrogantes, no para plantearlos, pero en esta ocasión procede que comencemos con una pregunta: ¿alguno de ustedes ha visto por las calles de Cuenca mujeres ataviadas con burka o con niqab? Nosotros no y, desde luego, nos atrevemos a afirmar que la inmensa mayoría de ustedes tampoco. Entonces la siguiente cuestión que formulamos es: ¿por qué motivo Vox y el PP han presentado sendas mociones en los plenos de Ayuntamiento y Diputación para prohibir ambas indumentarias en espacios públicos y/o dependencias municipales? Nos resultan chocantes estas iniciativas impulsadas supuestamente por un deseo de liberar a las mujeres musulmanas de unos ropajes que simbolizan sometimiento y desigualdad respecto a los hombres y, de paso, preservar a nuestras calles e instituciones del “peligro” que suponen mujeres con la cara tapada circulando por ahí. Y más chocantes aún si analizamos el magro “feminismo” que reflejan las ideologías y las actitudes de ambas formaciones políticas.

En unas circunstancias como las actuales, en las que cada vez resulta más difícil diferenciar los mensajes de la derecha y la ultraderecha, prueba palpable de que están compitiendo por un electorado cada vez más radicalizado hacia posiciones conservadoras, no podemos evitar sorprendernos por el hecho de que PP y Vox imiten iniciativas para tratar de prohibir lo que para numerosas sociedades de la esfera árabe no es sino una tradición que muchas mujeres asumen voluntariamente y que marcan en gran medida sus costumbres y sus formas de vivir su vida. Nuestro criterio puede que sea contrario a que las mujeres se vean marcadas o presionadas de esa manera, pero es nuestro criterio, no el suyo. De la misma manera que nos resulta llamativo e incluso humillante ver mujeres con burka o niqab, a ellas quizá les resulte igualmente singular y extraño ver a nuestras monjas con sus tocas y velos o a las españolas que visten con peineta y tapan sus rostros en algunas ocasiones de índole religiosa.

Quienes proponen que se prohíban estas prendas de vestir, deberían tener el nivel suficiente de empatía para preguntarse cómo se sentiría en conciencia una mujer que acepta el burka o el niqab sin fisuras religiosas  si se ve obligada a quitárselo para ir a la compra o para hacer cualquier gestión. Y de qué manera una limitación como la propuesta podría influir en una comunidad musulmana que tiene todo el derecho a desplegar sus costumbres sin dañar al resto y a expresar su religiosidad como crea conveniente en un país libre que se declara aconfesional. Quizá les convendría recordar que entre los católicos hay mujeres cuya orden religiosa les impide mostrar el rostro y nadie les prohíbe mantener esa costumbre porque la han elegido libremente. Y hombres que deciden hacer voto de silencio para fomentar su fe y acercarse más a su deidad. Tampoco les obligamos a hablar por imposición municipal ni les forzamos a descubrirse la cara. Cuando hablamos de regular o prohibir ciertas costumbres en ciudadanos extranjeros o en personas de otras religiones hay que hacerlo con la mente muy abierta, porque de otro modo lo que intenta parecer liberador no es sino una palmaria demostración de racismo.