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“La música clásica no le pertenece a nadie, es para todo el mundo”

El pianista James Rhodes llega al Teatro Auditorio José Luis Perales con su gira ‘Manía’, un espectáculo que contará con algunas de las obras más íntimas compuestas para las 88 teclas
“La música clásica no le pertenece a nadie, es para todo el mundo”
22/02/2026 - Alejandro del Valle

Historias que se susurran a través del piano y un refugio íntimo en el que encontrar un remanso de paz. El Teatro Auditorio José Perales de Cuenca se convierte el domingo 22 de febrero a las 19 horas en el escenario de James Rhodes, uno de los pianistas más carismáticos de la escena nacional.

Su manera de entender la música –cercana y vulnerable– transforma el concierto en un acto de magia compartida, donde el piano deja de ser instrumento para convertirse en latido, y la sala entera en un espacio suspendido en el tiempo.

 

Estás preparando el concierto. ¿Emocionado por tocar en Cuenca?

Estoy con tantas ganas de volver a Cuenca, de verdad. Habitualmente lo que haría sería ir por la mañana en AVE y volver después del concierto, pero les he dicho a mis promotores que voy el día de antes para explorar un poquito, sacar unas fotos, comer de puta madre y volver al día siguiente. Voy a estar casi tres días allí, he cambiado cosas para pasar un poco más de tiempo. Para mí es una ciudad de cultura a tope.

 

Presentas ‘Manía’, un proyecto autobiográfico desde tu infancia hasta la actualidad. ¿Qué podrá encontrar el público de Cuenca?

Dos cosas: primero, la acústica en este Auditorio es increíble. He tocado allí antes y es impactante para mí. Habitualmente, en música clásica tienes dos piezas de media hora cada una. Yo prefiero tocar siete, ocho o nueve piezas más cortas que cuentan una historia. En este caso, es bastante autobiográfica. Desde el infierno en Inglaterra hasta la esperanza que encontré en España. Con cada pieza represento algo muy concreto. Antes de tocar cada pieza, hablo un poquito para dar algo de contexto o unas anécdotas del compositor o la pieza. Después apagamos las luces y, no sé, hay tan pocos sitios hoy en día donde no haya publicidades, redes, política, ruido… coño, es que hay wi-fi en los aviones. Este es el último sitio del mundo en el que puedes desconectar por completo. Y esa palabra maravillosa que no existe en inglés, el ‘duende’. Buscar el ‘duende’ es un lujo, y más aún en un auditorio de puta madre tocando Chopin, Rachmaninov, Brahms, Schumann… 

Rhodes interpreta y explica el contexto de algunas de las mejores obras de genios como Chopin, el poeta del piano, así como de Brahms, Beethoven, Rachmaninov y Schumann

Es un repertorio de músicos románticos muy íntimos con grandes historias. Por ejemplo, la obra de Chopin, el poeta del piano, refleja una vida marcada por la añoranza, la sensibilidad, la pérdida y la enfermedad

De Chopin tocaré dos piezas que, para mí, son de sus mejores obras: el Nocturno Op. 20, que sale en la película ‘El pianista’, y la Polonesa-Fantasía. Son 14 minutos en los que es como si estuviese sentado en su piano con sus amigos y le dijesen: “Oye, cuéntanos tu vida”. Es una especie de improvisación muy larga con cambios de armonías impactantes, una barbaridad de acordes y cambios de clave. Tiene todo, es como un sueño. Pero también el patriotismo, la rabia, la esperanza, el amor, la tristeza… todo en 14 minutos. Para mí, junto a su Balada No. 4, es su mejor obra. Imagínate que alguien no ha escuchado a Chopin en su vida, escucha esta pieza y de repente tiene toda su vida explicada a través de la música. Hay heroísmo, hay esperanza, hay amor… es un mensaje muy bonito.

 

El poder para transmitir a través de la música es lo que buscas con ‘Manía’. Sacar lo que sea que tengas dentro, compartirlo y entendernos mejor los unos a los otros

Es lo que intento: nunca diría que la música clásica es mejor que otro género, pero lo que tiene, porque no hay palabras, es que es más profunda. En un nocturno de cinco minutos tienes todo. Para mí es muy importante, y lo que quiero hacer es contar esa historia. Por ejemplo, hay una pieza de Schumann, que estaba enamorado de Clara. Ella era una diosa, y Schumann bajito y feo. Un poco como mi mujer y yo. Y su única forma para seducirla es dedicarle una pieza. Su obra favorita era el ‘Ave María’, entonces en su pieza deja caer dos fragmentos del ‘Ave María’. Es su manera de decirle: te veo, te escucho, te amo. ¡Y funcionó, tío, se casaron y todo! ¡Vivan los músicos feos, es tremendo! Cuento esta historia y cuando llega este momento puedo escuchar al público diciendo: ‘ahí, este es el momento’. Para mí, esto es más emotivo y mejor que obligar a leer ensayos de un profesor de Oxford escrito hace 50 años.

“Hay muchos problemas en el mundo. No digo que la música pueda curar todo esto, pero puede ser una especie de trampolín hacia un nuevo mundo”

Te has caracterizado por rechazar el elitismo y esnobismo que rodea a la música clásica. ¿Sigue siendo tan cerrado este círculo?

Creo que fue Bertrand Russell quien dijo que cada gran idea empieza como una blasfemia. Si vas al típico concierto de música clásica, antes incluso de llegar a la sala, hay tantas reglas… qué tienes que llevar, cuándo aplaudir, entender los movimientos de una sonata de Beethoven… es una patraña. Esta música no pertenece a un cierto tipo de personas, es para todo el mundo. La única cosa que nunca tenemos que cambiar es la música, que es inmortal. Lleva lo que quieras, aplaude cuando quieras, a mí me da igual. Es absurdo, me pongo un poco triste cuando pienso en el estado de la educación musical. No solo aquí, sino en todo el mundo. Si no perteneces a una familia con pasta, es muy poco probable que tengas clases particulares de piano o violín, o ver una orquesta en vivo. Te lo digo en serio, en mi público hay adolescentes con más mente abierta y respeto que muchos adultos. Si estoy tocando en el Auditorio Nacional de Madrid con señores de 60-70 años, típicos pijos, hay un nivel de esnobismo. Pero cuando estoy en una escuela, es tremendo. Están escuchando a tope. La música pertenece a todo el mundo: hay un buen motivo por el que estamos escuchando a Bach y Chopin 200 años más tarde, y es que son inmortales.

 

Aprovechando el nombre de tu espectáculo. ¿Tiene muchas manías James Rhodes?

Un montón (risas). Creo que todos tenemos nuestras cositas. La palabra tiquismiquis es más amable que ‘manía’, pero hago todo lo que puedo para tocar lo mejor posible. Cuando estoy luchando contra mis manías, estoy en apuros. Pero cuando las acepto, me siento más cómodo. Hoy en día vivimos en un mundo tan complicado… hay muchísimos problemas, desde cómo se comportan en el Congreso, manipulación, si quieres ver a un psicólogo con suerte en 9 meses tienes 15 minutos… no estoy diciendo que la música pueda curar todo esto, pero es una gran ayuda escucharla. Puede ser una especie de trampolín hacia un nuevo mundo.

 

Invitamos a todo el mundo a que disfrute de ‘Manía’ y que se deje llevar por ese trampolín

Eso es, que vengan para desconectar, recargar las pilas un poquito y no saber lo que está pasando en el mundo durante 80 minutos. Eso es lo que voy a intentar.